
Adiós a Jane Goodall, la mujer que dedicó su vida a escuchar a la naturaleza
A los 91 años falleció Jane Goodall, pionera de la primatología y activista ambiental. Su trabajo en Tanzania y su incansable labor de divulgación transformaron la forma en que entendemos nuestra relación con los animales y el planeta.
Jane Goodall murió hoy, a los 91 años, mientras seguía haciendo lo que más la apasionaba: recorrer el mundo para hablar de los chimpancés, de la selva y de la urgencia de cuidar el planeta. La noticia la confirmó el Jane Goodall Institute desde California, donde la científica británica se encontraba en una gira de conferencias.
Goodall cambió la ciencia desde un rincón remoto de Tanzania en 1960, cuando decidió mirar a los chimpancés no como números en una libreta, sino como individuos con nombres, personalidades y emociones. A través de David Greybeard, Flo y Fifi nos enseñó que los simios no solo usan herramientas, también crean alianzas, sienten afecto y viven duelos.
Ese enfoque humanizó la primatología y obligó a replantear las fronteras entre lo “humano” y lo “animal”. Pero más allá del hallazgo, su mayor aportación fue recordarnos que el conocimiento sin empatía está incompleto.
Con los años, Jane dejó el cuaderno de campo para tomar un micrófono. Fundó en 1977 el Jane Goodall Institute y en 1991 lanzó Roots & Shoots, un movimiento juvenil que hoy está presente en más de 120 países. Allí volcó su convicción de que el cambio empieza en la infancia, con pequeños gestos que se multiplican. Actualmente, este programa se encuentra activo en 11 estados de México, con 37 grupos de jóvenes activos.
Recorrió el mundo sin descanso, con más de 300 conferencias al año, transmitiendo un mensaje que nunca apeló al miedo, sino a la posibilidad: aún estamos a tiempo de actuar.
Esperanza frente al futuro
En una de sus últimas entrevistas, con el periodista Enrique Acevedo de N+, Goodall advertía sobre la desconexión entre los seres humanos y la naturaleza: “Hemos perdido la conexión con el mundo natural, la cual es muy importante. Y si no tienes conexión con algo, no puedes amarlo ni cuidarlo. Si seguimos destruyendo la naturaleza con esta indiferencia, no sé qué les quedará a nuestros bisnietos”.
La esperanza fue otro de los pilares de su pensamiento. “La gente está perdiendo la esperanza en todos lados y cuando eso pasa caemos en la apatía. Si más personas sienten eso, estamos perdidos”, le dijo a Acevedo. Pero insistía en la necesidad de la compasión: “La gente se ha acostumbrado demasiado al conflicto y a la guerra. Me quita el sueño pensar en lo que pasa en Sudán, en Ucrania, en Gaza. Siempre pienso en los individuos: imagino si yo fuera una madre y tuviera que ver cómo amputan a mi hijo pequeño sin anestesia porque no hay”.
Su voz también se dirigía hacia los desafíos de la tecnología. “Si seguimos usándola como ahora, el futuro será sombrío. La inteligencia artificial promete respuestas increíbles, pero tiene un enorme consumo de energía y agua. Tenemos que crear tecnología menos destructiva para el medio ambiente”, reflexionaba. Sin embargo, al mismo tiempo, reconocía su potencial como herramienta: “Depende cómo la usemos”.
Un legado vivo
La suya fue una vida de premios y reconocimientos (Dama del Imperio Británico, Mensajera de la Paz de la ONU, ganadora del Templeton Prize), pero siempre los usó como plataforma para algo más grande que ella: hablar de conservación, justicia ambiental y derechos de los animales.
En The Book of Hope (2021) escribió que “siempre hay una razón para mantener la esperanza”. Ese fue su verdadero legado: dejar a la ciencia, a la educación y a la sociedad un recordatorio de que la empatía es una herramienta poderosa para transformar realidades.
Hoy, la comunidad científica y ambiental reconoce en Jane Goodall a una de las figuras que transformaron la relación entre los seres humanos y la naturaleza. Su trabajo en Gombe redefinió la primatología, abrió espacios para mujeres en la ciencia y contribuyó a instalar la conservación como un tema global.
Su muerte cierra una vida dedicada a la investigación y la defensa del medioambiente, pero su legado permanece en instituciones, programas educativos y generaciones de investigadores que continúan explorando las preguntas que ella abrió hace más de seis décadas.
¿Te gustó el artículo?





