
Artistas mexicanos que desafían la idea del retiro
Lejos del retiro, artistas mexicanos de distintas generaciones mantienen una práctica creativa activa. Sus trayectorias muestran cómo el propósito, la disciplina y la curiosidad influyen en una vida larga y productiva.
Vivir más no siempre tiene que ver con sumar años, sino con mantener activo aquello que da sentido a los días. En el arte, esa idea se vuelve especialmente clara, hay creadores que llegan a la madurez -y a edades avanzadas- no como un cierre, sino como una etapa de continuidad, claridad y profundidad. En México, muchos artistas encarnan esta forma de longevidad activa, donde la práctica creativa funciona como ejercicio mental, emocional y vital.
Desde la Ciudad de México, Graciela Iturbide, nacida ahí en 1942, continúa trabajando a los 83 años con una mirada que se ha afinado con el tiempo. Su fotografía, reconocida internacionalmente, demuestra que observar con atención, sin prisa, es una forma de permanecer presente y conectado con el mundo.
También en la capital vive Pedro Friedeberg, nacido en Florencia, Italia, en 1936 y radicado en México desde la infancia. A sus 89 años, sigue produciendo obra y pensamiento con una lucidez que se sostiene en el humor, la lectura y una disciplina cotidiana que mantiene la mente en movimiento.
Desde esa misma ciudad trabaja Bob Schalkwijk, nacido en Rotterdam en 1933. Con más de seis décadas viviendo en México, continúa activo a los 92 años y adaptado a la tecnología digital. Su archivo monumental confirma que la curiosidad constante es una de las grandes aliadas de la longevidad.
La Ciudad de México es también el laboratorio vital de Francis Alÿs, nacido en Amberes, Bélgica, en 1959. Caminar, observar y accionar forman parte de una práctica que es artística y vital al mismo tiempo. Mantenerse en movimiento —físico y mental— es, en su caso, una forma de equilibrio.
Entre Xalapa, Ciudad de México, Nueva York, París y Tokio, Gabriel Orozco, nacido en Veracruz en 1962, atraviesa una etapa de madurez creativa donde la experiencia se traduce en proyectos de largo aliento y responsabilidad cultural, sin perder la capacidad de juego y experimentación.
Originaria de Culiacán, Sinaloa, Teresa Margolles, nacida en 1963 y radicada en la Ciudad de México, mantiene una obra activa y contundente. En su trayectoria, el tiempo no suaviza el discurso: lo vuelve más preciso, más consciente y más comprometido con la memoria colectiva.
También desde la capital mexicana, Abraham Cruzvillegas, nacido en 1968, sigue desarrollando una práctica basada en la idea de autoconstrucción. La experiencia se refleja aquí como flexibilidad, adaptación y apertura al cambio permanente.
Nacido en la Ciudad de México en 1970, Carlos Amorales mantiene una exploración constante entre imagen, sonido, lenguaje y performance. Seguir aprendiendo nuevos códigos y formatos aparece como una forma de vitalidad sostenida.
También capitalina es Betsabeé Romero, nacida en 1963, cuya obra dialoga con la memoria, el cuerpo, la ciudad y el tiempo. En la madurez, su trabajo muestra cómo la experiencia permite profundizar sin perder potencia simbólica.
Desde la Ciudad de México, Minerva Cuevas, nacida en 1975, mantiene una práctica crítica sobre consumo, poder y desigualdad. La constancia intelectual y el compromiso social aparecen como formas de longevidad creativa.
Entre la Ciudad de México y Oaxaca, Dr. Lakra, nacido en 1972, continúa explorando imágenes, archivos y referentes culturales con una energía irreverente. La observación, el coleccionismo y el humor funcionan como motores para no estancarse.
Desde Montreal, aunque nacido en la Ciudad de México en 1967, Rafael Lozano-Hemmer demuestra que aprender nuevas tecnologías, colaborar y experimentar con otros es una forma clara de mantenerse intelectualmente activo con el paso del tiempo.
También capitalino, Damián Ortega, nacido en 1967, sigue replanteando lo cotidiano desde el humor y la deconstrucción. Cuestionar y jugar con las ideas se vuelve aquí un ejercicio de longevidad mental.
Desde Cuernavaca, Carlos Marín, nacido en Michoacán en 1959, mantiene una relación constante con el barro y el cuerpo humano. El oficio, la repetición y el trabajo manual aparecen como prácticas que sostienen el equilibrio vital.
Originario de San José de Gracia, Jalisco, José Rivelino, nacido en 1973, concibe el arte público como un diálogo permanente con el otro. Mantener esa conversación viva es parte de una vida creativa en movimiento.
Desde la Ciudad de México, Gabriel de la Mora, nacido en 1968, desarrolla una obra basada en la transformación de materiales y procesos. Su práctica, sostenida en la investigación y la observación paciente, confirma que la madurez también es una etapa de exploración profunda.
Finalmente, desde Guadalajara, Jalisco, Gabriel Macotela, nacido en 1954, ha construido una trayectoria marcada por la experimentación constante y la curiosidad material. Vinculado al espíritu del movimiento de la Ruptura, su práctica, que cruza pintura, escultura y libros de artista, se sostiene en la exploración de formas, lenguajes y procesos.
En conjunto, estas trayectorias muestran que la longevidad no es solo biológica. Tener un propósito, sostener una práctica y mantenerse curioso son factores que atraviesan estas historias. Crear, para ellos, no es únicamente una profesión: es una forma de cuidar la mente, el cuerpo y el vínculo con el mundo. En ese sentido, el arte también enseña a envejecer.
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