
La independencia está sobrevalorada
Nos enseñaron a romantizar la idea de valernos por nosotros mismos, pero confundir independencia con fortaleza puede llevarnos al aislamiento. Después de los 50, cuando las estructuras sociales cambian, mantener una vida plena requiere intención: aprender a pedir ayuda, ofrecer nuestra experiencia y entender que una buena vida no se construye en soledad, sino en comunidad.
Desde pequeños, bajo un esquema de pensamiento muy occidental, aprendemos que crecer significa dejar de necesitar a los demás. Primero aprendemos a vestirnos solos, después a movernos por nuestra cuenta y eventualmente a ganarnos la vida. Llegar a la edad adulta supone, en buena medida, ser capaces de resolver nuestros propios problemas. Por eso la independencia ocupa un lugar tan importante entre las cualidades que admiramos. Por ejemplo, el concepto americano del “self-made man” o el hombre que se hizo solo, ha permeado en la sociedad, al punto de romantizarlo y creer que una persona vale más porque se vale por sí misma. Quizá la hemos llevado demasiado lejos.
La idea de que una persona debería necesitar cada vez menos de los demás tiene poco que ver con la manera en que los seres humanos hemos vivido durante la mayor parte de nuestra historia. Somos una especie profundamente social. Hemos sobrevivido gracias a nuestra capacidad para cooperar y cuidarnos unos a otros. Incluso hoy, cuando podemos llevar una vida aparentemente independiente, dependemos todos los días del trabajo y los conocimientos de una enorme cantidad de personas. Es decir, dependemos de una o varias comunidades al mismo tiempo.
Sin embargo, esa dependencia se ha vuelto mucho menos visible. Podemos pagar para resolver muchas cosas que antes requerían pedir ayuda a alguien cercano. Podemos encontrar información sin recurrir a una persona que sabe más que nosotros. Incluso podemos pasar varios días trabajando, comprando y entreteniéndonos sin tener una conversación significativa con nadie.
Después de los 50, esta discusión adquiere otra dimensión porque algunas de las relaciones que estructuraron nuestra vida durante décadas empiezan a cambiar. Los hijos construyen sus propias vidas. Podemos retirarnos o comenzar a relacionarnos de otra manera con el trabajo. Algunas amistades dejan de ser tan frecuentes y, con el paso de los años, también enfrentamos la pérdida de personas que han formado parte de nuestro círculo cercano.
Esto no significa que después de los 50 estemos condenados a tener menos relaciones. Significa que algunas de ellas dejan de surgir orgánicamente desde nuestros entornos como la escuela, el trabajo, o la familia. Cuando esas estructuras cambian, mantener una vida social rica requiere mayor intención. Y quizá sea precisamente entonces cuando valga la pena cuestionar nuestra obsesión con la independencia.
Pedirle consejo o ayuda a alguien cuando la necesitamos pueden parecer actos pequeños, pero sin duda, también son formas de reconocer que otras personas tienen un lugar en nuestra vida. Lo mismo ocurre en sentido contrario. Que alguien nos pida nuestra opinión, necesite nuestra experiencia o simplemente quiera nuestra compañía nos recuerda que también nosotros ocupamos un lugar en la vida de alguien más.
Ahí aparece una de las razones por las que la comunidad resulta tan importante después de los 50. Una comunidad crea oportunidades para que esas relaciones de interdependencia sigan existiendo. Nos permite encontrar personas con quienes compartir intereses y también poner a disposición de otros lo que hemos aprendido durante años. Nos da la posibilidad de recibir cuando lo necesitamos y de contribuir cuando podemos.
Tal vez el problema sea que hemos confundido independencia con fortaleza. Poder valernos por nosotros mismos es valioso y conservar nuestra autonomía conforme pasan los años también lo es. Pero eso no significa que el objetivo deba ser necesitar cada vez menos a los demás.
Quizá una buena vida se parezca más a otra cosa: a saber que podemos resolver muchas cosas por nuestra cuenta y, aun así, tener personas a quienes recurrir. Y, sobre todo, saber que algunas de ellas también recurrirán a nosotros.
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