
Amo a mi mamá, pero... a veces quisiera huir y no cuidarla
Amo a mi mamá, pero... a veces quisiera huir y no cuidarla
Nadie nos advierte lo complejo y doloroso que es ver envejecer a nuestros padres. Diversos especialistas en psicología coinciden en que este proceso detona un duelo anticipado: la pérdida progresiva de la figura protectora que siempre conocimos. Y aunque el amor por ellos sea inmenso, existe una realidad tabú que casi nadie se atreve a nombrar en voz alta: hay días en los que la carga abruma tanto que solo quisieras huir. No es egoísmo; es un fenómeno psicológico documentado y una respuesta natural al agotamiento emocional.
Cuidar con amor, sin desaparecer en el intento
Nos enseñaron que la vida es como una montaña rusa: subimos mientras crecemos y ganamos autonomía, pero al llegar a la cumbre comienza el descenso inevitable de la vejez. El problema principal es que nadie nos dio las herramientas emocionales ni prácticas para acompañar esa bajada sin perder nuestra propia vida en el camino.
En México, la responsabilidad del cuidado recae desproporcionadamente sobre hombros femeninos. De acuerdo con la Encuesta Nacional sobre Uso del Tiempo (ENUT) del INEGI, más del 75% de las personas que realizan labores de cuidado no remunerado en el país son mujeres. Esto significa que millones de hijas sostienen solas el desgaste físico, económico y mental de atender a sus familiares. Más dramático aún: cerca de 2 millones de adultas mayores de 60 años siguen encargándose del cuidado de otros adultos mayores, viviendo en una doble vulnerabilidad.
Las microcargas del día a día y el deterioro paulatino
Como señala la doctora Yolanda Burgos, cuidar a una madre rara vez empieza con un diagnóstico drástico de un día para otro. Inicia de forma imperceptible con pequeñas dependencias cotidianas. La brecha tecnológica, por ejemplo, se convierte en una fuente constante de microestrés: explicar repetidamente cómo usar el celular, acceder a la banca digital o configurar una app, sumado al temor latente de que sean víctimas de fraudes o extorsiones telefónicas, un delito que en México afecta desproporcionadamente a los adultos mayores.
A esta fatiga digital se suma la gestión de la salud física. Condicionar la rutina propia para supervisar padecimientos crónicos como diabetes, hipertensión o artritis transforma la dinámica familiar. La hija deja de ser solo hija para convertirse en gestora médica, enfermera y escudo protector, una transición de roles que genera tensión y desgaste identitario.
Síndrome del Cuidador Quemado (Burnout):
La combinación de afecto e impotencia genera ambivalencia emocional (amar y querer huir al mismo tiempo). Es una alerta de saturación del sistema nervioso, no una falta de cariño.
Falta de Redes de Apoyo:
El cuidado en México suele vivir en solitario debido a la escasa infraestructura pública de estancias de día o asistencia domiciliaria accesible.
El límite necesario:
Acompañar a una madre en su vejez no exige anular la vida personal. Establecer pausas y pedir ayuda externa es indispensable para mantener la salud mental.
Y aquí es donde es muy importante hablar de una filosofía que resaltó Martha Debayle en su programa de radio. Tal como en los aviones te dicen que ante la pérdida de presión en la cabina primero tú tienes que usar la mascarilla y después ayudar a otros a ponérsela, es lo mismo con los padres.
Tú tienes que cuidarte; comiendo bien, dándote espacios de recreación, dormir y tratar tu salud psicológica.
Aunque muchos crean que es egoísmo, es protección.
El otro fantasma del cuidado: el dinero
Hablar de amor y cuidados es indispensable, pero ignorar el impacto financiero sería dejar la historia a la mitad. Cuidar a un adulto mayor en México no solo desgasta el alma y el cuerpo; también erosiona el bolsillo.
De acuerdo con datos del INEGI, en México más del 70% de las personas mayores de 60 años vive con al menos una enfermedad crónica, como diabetes o hipertensión. Esto se traduce en un goteo constante y silencioso de recursos: medicamentos de uso diario, consultas médicas privadas (ante la saturación o falta de insumos en el sistema de salud público), estudios de laboratorio, pañales, alimentos especiales y adaptaciones en el hogar.
A este escenario se le suma un fenómeno económico conocido como el costo de oportunidad. Para asumir el rol de cuidadora principal, muchas mujeres se ven obligadas a reducir sus jornadas laborales, rechazar promociones o, en el peor de los casos, abandonar por completo el mercado de trabajo formal. Esta decisión no solo impacta su ingreso inmediato, sino que cancela su capacidad de ahorro y destruye su propia aportación para el retiro, perpetuando un ciclo de vulnerabilidad económica que afectará su propia vejez.
El problema es que en la cultura mexicana no nos enseñaron a hablar de finanzas familiares con anticipación. La vejez de los padres suele abordarse como una emergencia financiera de último minuto y no como un proceso predecible que requiere planificación.
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