
Divorcio sin drama (o casi) para no perder la cabeza
Entre enojo, decisiones incómodas y hasta un Baileys caducado, Jessica Raijman comparte lo que sí ayuda en un divorcio real: elegir batallas y tener claro para qué te estás separando.
Antes de pensar en convenios, discusiones o acuerdos, a Jessica Raijman el divorcio se le apareció en el cansancio, en el desconcierto y en esa mezcla de dolor con humor negro que cabe en una escena chusca: un Baileys caducado y varias horas viendo Friends. “Esos momentos en los que me podía reír de mí misma y de la situación en la que estaba, me ayudaron evidentemente a transitarlo mucho mejor”, cuenta.
Esa mirada atraviesa también su libro Nos quisimos… matar: De un matrimonio fallido a un divorcio exitoso, donde el quiebre de una relación no se narra desde la pose de víctima ni desde el drama sin salida, sino desde la experiencia real de atravesar algo muy difícil. Porque si algo tiene claro la directora general de la editorial Tulbox es que divorciarse “sí es un trago amargo”.
Pero en medio de ese proceso, lo que la ayudó a no perderse por completo fue dejar de preguntarse por qué se iba a divorciar y pensar, más bien, en el para qué. Cuando una relación se rompe, las razones suelen ser desgaste, diferencias, desencuentros acumulados. Pero para Jessica Raijman, eso no es suficiente para sostener el proceso.
En su caso, la respuesta fue concreta: “me divorcié para sentirme mejor, para sentirme más libre, para ser una mejor mamá, una mejor persona”. Esa idea, repetida como un mantra, le permitió regresar a un punto de claridad cada vez que el enojo, la frustración o el cansancio tomaban el control.
No hace el camino fácil, asevera, pero sí lo ordena. Porque si algo deja claro es que el divorcio no ocurre en calma, llega después de un proceso largo, cargado de desacuerdos y emociones intensas. “Siempre van a existir desacuerdos al por mayor”, dice. Y en medio de eso, perder el norte es fácil.
No todo se tiene que pelear
Una de las decisiones que marcó la diferencia en su proceso fue aceptar que si durante el matrimonio no lograron entenderse, no había razón para pensar que en el divorcio sería distinto.
A partir de ahí, cambió la estrategia. En lugar de buscar acuerdos perfectos, empezó a elegir sus batallas. “Había cosas por las que no me iba a pelear”, cuenta. Detalles cotidianos que, aunque podían incomodar, no valían el desgaste.
En medio de un proceso donde todo parece urgente e importante, distinguir qué sí importa y qué no puede reducir significativamente el conflicto. Sobre todo cuando hay hijos de por medio y el objetivo deja de ser “ganar” para convertirse en cuidar el entorno emocional.
Mirando hacia atrás, Jessica identifica que uno de sus principales errores fue perder de vista que del otro lado había una persona.
“Al final del día es una persona y está sufriendo”, dice. En medio del enojo, es fácil reducir al otro a su papel en el conflicto, pero esa simplificación sólo intensifica las reacciones. Entender que ambos están atravesando algo difícil no resuelve todo, pero sí cambia el tono.
A eso se suma otro aprendizaje clave: la impulsividad. “Ojalá hubiera aplicado más eso de contar hasta diez”, reconoce. Decir todo lo que se piensa en el momento puede aliviar a corto plazo, pero suele dejar consecuencias más largas.
Ni guerra, ni fantasía
En torno al divorcio existe la idea de que todo es caos absoluto o que necesariamente tiene que convertirse en una batalla. Para la escritora, ninguna de las dos es completamente cierta. “No es que no sea un trago amargo, lo es”, aclara. Pero alargar innecesariamente el proceso o entrar en dinámicas de confrontación constante puede hacerlo aún más pesado. “Mientras más te tardes en atravesarlo, creo que es más complicado”, explica.
A eso se suma otro riesgo, el de perder contacto con la realidad. Expectativas poco realistas o demandas desconectadas del contexto solo complican más las cosas. Aterrizar en lo posible, y no en lo ideal, es parte de avanzar.
En ese camino, incluso herramientas poco evidentes como el humor pueden marcar la diferencia. Pues no aparece como evasión, sino como estrategia. “A mí el humor me salva”, dice. Reírse de sí misma, de la situación y de lo absurdo del momento le permitió bajar la intensidad y atravesar mejor algunos episodios.
También funcionó como una forma de suavizar conversaciones difíciles, incluso con sus hijos. Y aunque no elimina el problema, la realidad es que sí cambia la forma de vivirlo.
Jessica tampoco evade una palabra que suele incomodar: fracaso. “Divorciarse sí es un fracaso”, dice con claridad. No porque invalide la decisión, sino porque no es el plan con el que alguien entra a un matrimonio.
Pero ese fracaso no cancela lo que viene después: “Si no fracasas en la vida es porque no estás haciendo nada”, añade. Desde su experiencia, el divorcio también puede ser una oportunidad para entender mejor lo que uno quiere -y lo que no- en la vida. Y eso no tiene edad. No importa si tienes 80 años, dice, si no estás bien, sigue valiendo la pena preguntarte cómo podrías estar mejor.
Si tuviera que resumir su aprendizaje en una sola idea, Jessica Raijman lo tiene claro: el silencio. “Si yo hubiera podido mantener la boca cerrada el 90% de las ocasiones, no hubiera perdido nada y hubiera ganado mucho”, reconoce. No responder todo, no engancharse en cada discusión, no decir todo lo que pasa por la cabeza. Puede parecer simple, pero es, según ella, una de las cosas más difíciles de hacer. Y sobre todo de las más efectivas.
El divorcio, insiste, hay que atravesarlo. No hay atajos reales. Así que evitarlo, negarlo o posponerlo solo alarga el proceso, pero también deja una certeza: “sí hay una luz al final del camino”. No necesariamente la que uno imaginaba al principio, sino una forma distinta de estar mejor, con más claridad y, sobre todo, con más honestidad.
¿Te gustó el artículo?
Promociones destacadas
No hay beneficios recomendados por el momento.




