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Cuidar al que nos cuidó

Cuidar a un padre o familiar mayor es un acto de amor profundo, pero también una labor exigente que no debería costarnos la salud física ni la tranquilidad emocional. El Dr. Luis Tovar nos comparte su testimonio como médico y como hijo, junto con recomendaciones fundamentales para evitar el agotamiento, repartir la carga familiar y aprender a cuidar de quien nos cuidó sin perder la vida propia en el camino.

DR. LUIS ALBERTO TOVAR DE LA TORRE
Dr. Luis Tovar, Médico Cirujano General
Autor verificado

Soy médico general, con estudios en geriatría, hipertensión arterial, diabetes y obesidad, y en administración de hospitales, entre otras áreas. Tengo 63 años y vivo con mi padre, de 93, y con mi hermano mayor, de 65. Mis otros dos hermanos, mellizos de 50 años, viven lejos: él en Madrid desde hace más de cuatro años y ella en Austin, Texas.

Mi madre falleció hace unos cinco años, tras múltiples complicaciones: un cáncer de mama en estadio IV, una cirugía de cadera derecha y un injerto de vena safena por insuficiencia venosa en la pierna izquierda. Durante su convalecencia, fue mi padre quien la cuidó: la ayudaba a comer, la bañaba, la asistía en todo. Al final tuvimos que contratar a una enfermera de confianza de la familia, que lo apoyó en los cuidados de mamá hasta el último día.

Ser médico no lo hace más fácil

Con mi madre la comunicación era más abierta que la que hoy tengo con mi padre. Y que nadie piense que ser médico facilita las cosas: cuando el paciente es tu familiar, hablar de lo que le duele no resulta más sencillo. Convivo con él el 80 % del día y aun así tengo que echar mano de mi intuición, personal y médica, para saber qué le molesta y qué necesita.

Dicen que la vida da la vuelta y que al final volvemos a ser niños. Llegan los pañales y llega la tarea de adivinar qué pasa, como cuando un bebé llora y uno no sabe si son los dientes o el piquete de algún insecto. Con un niño, basta con revisarlo. Con un adulto es mucho más difícil: primero, le da pena mostrarse; segundo, a veces intuye que algo anda mal y prefiere callar para no causar molestias.

Siempre se ha dicho que, en un matrimonio de muchos años, cuando uno se va, el otro no tarda en seguirlo. Con papá no ha sido así, aunque los primeros cuatro años sin mamá fueron duros: habían compartido 40 años de casados. Hoy está sano en general, pero ha perdido la vista a pesar de dos cirugías de catarata. Pasa la mayor parte del día sentado frente al televisor, más escuchando que viendo. Lo que más disfruta son las corridas de toros, porque le recuerdan cuando su padre lo llevaba de niño, antes de abandonar a la familia y dejarlo a cargo de sus hermanos.

El cuidador también se cansa

Seré sincero: a pesar de mi entrega, muchas veces flaqueo. Me siento cansado física y mentalmente. Hay mañanas en que me cuesta levantarme solo de pensar qué vamos a desayunar y qué vamos a comer. En lo económico, al menos, cuento con el apoyo de mi hermano mayor. Pero hay momentos en que me gustaría salir de casa y disfrutar de algún lugar lleno de naturaleza o, lo que más me gusta, de la playa y la arena.

Por eso quiero dirigirme a quienes cuidan, ya sean familiares, cuidadores independientes o personal de una empresa privada, y atiendan a uno o a varios pacientes.

Primero, protéjanse legalmente. Si cuidan a alguien de manera profesional, contar con un seguro de responsabilidad civil es indispensable.

Segundo, cuiden su salud mental. Lo mínimo es acudir una o dos veces con un psicólogo o psiquiatra que les ayude a sanar la mente y las emociones porque, créanme, se alteran, y muy fuerte.

Tercero, descansen. Dense al menos un par de días para retomar fuerzas: terapias de relajación, mindfulness, visitas a lugares con naturaleza, al mar o a la playa. Hagan lo que les guste y, sobre todo, duerman en silencio y con relajación profunda.

Cuarto, repartan la carga. Si hay varios hermanos o familiares que puedan hacerse cargo, pónganse de acuerdo en roles de días y horarios para alternar descanso y cuidados. Y lleguen a un acuerdo para repartir los gastos: alimentación, artículos de limpieza, ropa, servicios como luz y agua, y el mantenimiento de la casa, que muchas veces tiene 40 años o más y necesita reparar goteras o pintar la fachada. En mi caso, imagínense el recibo de luz con la televisión encendida casi 20 horas al día.

El trabajo de cuidar tiene un valor

Por último, algo que pocas familias se atreven a poner sobre la mesa. Si cotizáramos con una empresa particular lo que hace un cuidador (preparar los alimentos, estar pendiente de cualquier necesidad), calculo que costaría entre 200 y 300 pesos por hora. Vale la pena que la familia lo vea así, aunque quien cuide sea un hijo o un hermano. Porque puede llegar el momento en que ese cuidador ya no pueda seguir, o decida retomar su propia vida en otro lugar o en otro país. A mis 63 años me considero estable y con ganas de seguir ejerciendo, ya sea dando consulta en casa o a domicilio.

Cuidar a un padre es un acto de amor, pero no debería costarnos la vida propia.

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