
Guadalupe Camurati conecta pasado y presente en Noventa y Contando
La historia de Noventa y Contando comienza con un encuentro: Guadalupe, una joven comunicadora, escucha a Alberto, un psicoanalista de 97 años. De ahí nace un proyecto que une generaciones, que da valor al tiempo compartido y que muestra que el diálogo intergeneracional no solo es posible, sino necesario. Un podcast, un libro y pronto, un documental, para hablar de lo que realmente importa.
En un escenario mediático donde la vejez suele abordarse desde la fragilidad, la dependencia o la soledad, el proyecto Noventa y Contando propone una narrativa completamente distinta: la del entusiasmo, la vitalidad, la escucha y, sobre todo, la experiencia. Nacido de un encuentro entre el psicoanalista argentino Alberto Chab, de 97 años, y la comunicadora Guadalupe Camurati -o Guada, como también le gusta que la llamen-, el proyecto se ha convertido en un fenómeno transgeneracional que documenta y amplifica la voz de un grupo de personas mayores de 90 años.
“Yo no crecí con abuelos presentes. Nunca había tenido tanto contacto con personas mayores, y sin embargo algo en mí se activó cuando vi el video de Alberto con su nieta en TikTok”, recuerda Guada sobre el inicio de esta historia. Tras una primera entrevista, a la que acudió con una cámara prestada y muchas ganas, lo que era una cobertura periodística se transformó en cocreación. “Ahí se prendió la lamparita de Noventa y Contando”, dice.
Desde entonces, Camurati ha liderado la estrategia digital y creativa del proyecto, que incluye un podcast, un perfil en redes sociales y -en camino- un libro y un documental. “Mi rol es todo lo que no se ve: redes, producción, edición, comunicación. Ellos son la cara visible y los protagonistas reales de la vejez”, explica.
El podcast se ha convertido en una joya del archivo generacional: conversaciones íntimas, pausadas, profundas, que permiten conocer a estas personas no solo por su edad, sino por lo que siguen siendo, personas curiosas, sabias, divertidas, valientes. “Uno se siente acompañado del oído, escuchando pura sabiduría. Es un formato que permite conectar sin prisas”, afirma Guada.
Más allá del contenido, el proyecto ha transformado a quienes lo integran. “Yo aprendí a hablar lento, a tener paciencia, a observar detalles que antes no veía: la altura de la silla, el ruido del ambiente, si todos escuchan bien. Cambió mi forma de relacionarme”, confiesa Camurati. La experiencia también le permitió reconectar con una dimensión olvidada en la vida adulta, el niño interior. “Ellos lo tienen presente en cada reunión. Esa chispa, esa curiosidad, esa alegría. Eso es lo que los mantiene vivos y con ganas de compartir”.
Guadalupe Camurati
La repercusión de Noventa y Contando ha ido más allá de las redes. Familiares de los protagonistas han compartido testimonios emotivos, como el de una hija que agradeció entre lágrimas: “Mi papá volvió a contarnos historias desde que va al grupo.” Para Guada, ese impacto humano es lo más valioso. “Hay cambios que se notan en el lenguaje corporal, en cómo caminan o respiran después de una actividad juntos”.
La propuesta central del proyecto es mostrar la vejez desde la luz, sin negar las dificultades, pero sin centrarse en ellas. “Hay demasiada narrativa de la queja. Nosotros proponemos algo cotidiano, normal, divertido. Porque los adultos mayores no solo hablan de jubilaciones o enfermedades; también hablan de sus nietos, de películas, de amor, de sexo. Hablan como cualquiera”, enfatiza.
En Argentina -país donde nació el proyecto- la infraestructura y los espacios para personas mayores aún son escasos. “Hay países más preparados, como España. Pero al menos acá se está empezando a plantar la semilla, a hacerse preguntas”, dice Camurati, quien observa un cambio incipiente en la percepción social del envejecimiento.
El nombre Noventa y Contando tiene un doble significado poderoso: por un lado, celebrar los años que siguen sumando sus integrantes; por otro, contar experiencias antes de que se pierdan. “Esa generación vivió cambios gigantes, y muchas historias no están en los libros. Es ahora o nunca para documentarlas”, reflexiona.
Pero no todo es entusiasmo. Guada reconoce también el peso emocional que implica estar tan cerca de una generación que se irá antes que ella. “Un día me cayó la ficha de que si todo sigue el curso natural, yo voy a ser la última en quedar en esa mesa. Me destruyó. Pero también me recuerda lo urgente que es aprovechar este tiempo”.
Hoy, el grupo trabaja en la escritura de un libro colectivo, prepara la segunda temporada del podcast y proyecta un documental para 2026. Mientras tanto, siguen reuniéndose cada semana, compartiendo historias y mostrando que, a los 90 o más, se puede seguir viviendo, creando y, sobre todo, contando.
“Nos vamos de esta vida sin nada. Ni con el cuerpo. Lo único que nos llevamos son nuestras experiencias. Entonces, ¿qué queda? Vivir, vivir y vivir”, concluye Guada Camurati.
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