
La falta de apetito en el adulto mayor no es normal
Hablemos de los focos de alerta para identificar qué hay detrás de la "falta" de apetito de los adultos mayores, los riesgos de perder masa muscular y cómo acompañar a tus seres queridos para devolverles la fuerza, la autonomía y el placer de compartir la mesa.
Comer nunca ha sido solo comer. Es el olor a café por la mañana, la sobremesa larga, la rutina que nos sostiene. Por eso, cuando una persona mayor empieza a decir “es que ya no me da hambre”, no deberíamos dejarlo ir. Detrás de ese “ya no tengo hambre” casi siempre hay otra historia.
A veces es que la comida ya no sabe igual. El gusto y el olfato cambian. A veces es que duele una muela, cuesta masticar o tragar da miedo. Otras veces son los medicamentos, una enfermedad, o el ánimo bajito.
Y muchas veces, la más silenciosa de todas: cocinar para uno solo deja de tener sentido.
“¿Para qué voy a cocinar si estoy solo?” Y el desayuno se vuelve un café. La comida, unas galletas. La cena, nada.
No es flojera. Es soledad. Y la soledad también quita el hambre.
El problema no es solo comer menos. Es lo que se pierde con ello. Cuando la ingesta baja se mantiene, no solo se pierde grasa. Se pierde músculo. Y con el músculo se va la fuerza para levantarse de una silla, subir escaleras, cargar el mandado, vivir con independencia.
Por eso las guías de nutrición geriátrica no dicen “obligar a comer más”. Dicen: busquemos por qué está comiendo menos.
Si notas esto en casa, pon atención:
- Come mucho menos que antes y dice que todo le sabe insípido.
- Ha bajado de peso sin querer
- Se queja al masticar, se atora o evita ciertas texturas
- Dejó de cocinar y sustituye comidas por café, pan o galletas
- Prefiere comer solo y cada vez disfruta menos la mesa
No es “la edad”. Es una alerta.
¿Qué sí ayuda cuando hay poco apetito?
- Pequeño, pero potente. Mejor 4-5 tiempos chiquitos al día que un plato enorme que abruma.
- Que cada bocado cuente. Si se come poco, no lo llenemos de alimentos de bajo aporte. Prioricemos: huevo, pescado, pollo, yogur natural, leguminosas, queso fresco, fruta, verdura, cereales integrales y grasas buenas como aguacate o aceite de oliva.
- Enriquecer sin agrandar. Un chorrito de aceite de oliva, aguacate, crema de cacahuate, huevo picado, queso o leche en polvo en sopas, purés o avena aumenta nutrientes sin hacer el plato más grande.
- Devolverle el placer. Hierbas, especias, colores, texturas diferentes. Comer saludable no tiene que ser comer aburrido.
- Volver a comer acompañado. No necesitas una gran reunión. Desayunar juntos una vez a la semana, invitarlo a preparar algo contigo o buscar comedores comunitarios cambia por completo la experiencia. Las guías lo contemplan como estrategia terapéutica.
Y lo más importante: Antes de cambiar el menú, cambia la pregunta. En lugar de solo preguntar “¿por qué no comes?”, intenta: ¿Te cuesta masticar?¿La comida ya no te sabe igual?¿Algún medicamento te quita el hambre?¿Te has sentido triste o sin ganas?¿Se te hace pesado cocinar?¿Te cansas de comer solo?
A veces, mejorar la nutrición no empieza en la cocina. Empieza escuchando por qué esa persona dejó de disfrutar la comida. Porque alimentar no es solo dar calorías. Es ayudar a conservar fuerza, autonomía y ganas de seguir en la mesa.
¿Te gustó el artículo?





