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La generación que empezó a abrir camino para otras mujeres

La generación que empezó a abrir camino para otras mujeres

Muchas mujeres mayores de 45 años no se identifican como feministas, pero crecieron en un contexto donde estudiar, trabajar o elegir su propio camino implicaba desafiar las normas sociales. Sus decisiones ayudaron a abrir oportunidades que hoy parecen normales.

Zyanya López
Zyanya López
Autor verificado

Durante décadas, muchas mujeres tomaron decisiones que hoy parecen normales, como estudiar una carrera, trabajar fuera de casa o divorciarse, pero que en su momento implicaron desafiar las expectativas sociales. Hoy, varias de ellas tienen más de 45 años y forman parte de generaciones que ampliaron el horizonte de posibilidades para otras. Paradójicamente, muchas no se identifican como feministas, pero sus decisiones ampliaron el horizonte de lo posible. aunque su trayectoria personal haya sido clave para abrir camino.

Datos del estudio “Feminismo en México 2025”, elaborado por la empresa de investigación de mercado ThinkNow, revelan que solo 35% de las mujeres de la Generación X (43 a 58 años) se considera feminista, mientras que entre las Baby Boomers (más de 59 años) la cifra baja a 33%. A nivel nacional, la proporción general también ronda tres de cada 10 mujeres, lo que refleja que el apoyo a la igualdad de género no siempre se traduce en una identificación directa con el feminismo.

Para Arely Torres, activista de derechos humanos y género, el contexto en el que estas mujeres tomaron decisiones personales fue muy distinto al actual, incluso si hoy parece cercano en el tiempo:

“Cuando todas mis compañeras empezaron a casarse a los veintitantos años y yo seguía sin hacerlo, era como ‘la quedada’ o la que nadie quería. Había muchos señalamientos, que eras conflictiva, que eras histérica o que algo estaba mal contigo”, recuerda.

Torres decidió casarse hasta los 46 años, después de haber estudiado, viajado y construido su propia trayectoria profesional. “Fue un acto de conciencia y de amor conmigo misma poder decidir unir mi vida con alguien cuando yo ya había vivido lo que quería vivir”, explica.

La investigadora Lucía Álvarez Enríquez, del Centro de Investigaciones Interdisciplinarias en Ciencias y Humanidades de la UNAM, explica en un estudio publicado en la Revista Mexicana de Ciencias Políticas y Sociales, que las luchas por los derechos de las mujeres han cambiado de forma con el tiempo, lo que se refleja en la forma en que se nombra la lucha por la igualdad.

Mientras las generaciones más jóvenes suelen identificarse abiertamente con el feminismo, muchas mujeres que hoy superan los 45 años crecieron en contextos donde la palabra tenía connotaciones negativas o estereotipadas. Según un análisis publicado por Dalia Empower, uno de los motivos de esta distancia es la persistencia de estereotipos alrededor del feminismo.

La investigadora Ericka López Sánchez, profesora de la Universidad de Guanajuato, sostiene que muchas mujeres comparten los principios de igualdad, pero evitan asumirse feministas para no ser asociadas con una imagen social estigmatizada.

Arely Torres coincide en que el estigma histórico alrededor del término ha influido en esa distancia generacional. “Durante décadas se construyó la imagen de las feministas como mujeres enojadas o radicales. En los años cincuenta y sesenta incluso se caricaturizaba a las feministas como brujas o mujeres desquiciadas”, señala.

Las reglas que empezaron a cambiar

La historia del feminismo en México ayuda a entender este fenómeno. De acuerdo con información publicada en Gaceta UNAM, investigadoras como Marta Lamas y Hortensia Moreno recuerdan que durante gran parte del siglo XX el destino esperado para las mujeres era casarse y dedicarse al hogar. “Había esa idea de ‘voy a estudiar mientras me caso’”, ha explicado Moreno al referirse a las generaciones que comenzaron a ocupar espacios educativos y laborales tradicionalmente reservados para los hombres.

Ese cambio fue lento, pero decisivo. El derecho al voto en 1953, el acceso creciente a la educación superior, la entrada al mercado laboral y las luchas por los derechos reproductivos fueron abriendo espacios de autonomía. Décadas después, esos avances forman parte de la vida cotidiana de millones de mujeres.

Las decisiones personales también se volvieron parte de esa transformación social. Arely Torres, por ejemplo, tomó la decisión de no tener hijos, una elección que hace algunas décadas era aún más cuestionada.

“Cuando tenía 26 años le pedí a mi ginecólogo que me hiciera la salpingoclasia porque no quería ser madre. Nunca quiso hacerlo porque decía que me iba a arrepentir. Estoy a meses de cumplir 50 años y jamás he sentido esa necesidad”, cuenta.

Para ella, esta experiencia también evidencia las condiciones estructurales que muchas mujeres enfrentan al momento de decidir sobre su maternidad. “Los centros de trabajo, las instituciones y las políticas públicas todavía no están preparadas para que las mujeres puedan conciliar su vida laboral y familiar. Muchas terminan renunciando a sus carreras porque no hay condiciones”, afirma.

La percepción social del movimiento, sin embargo, sigue siendo ambivalente. Aunque muchas mujeres relacionan el feminismo con la equidad y la eliminación de la discriminación, la etiqueta continúa generando debate. En este contexto, las experiencias de las generaciones mayores adquieren un nuevo significado. Quizá no marcharon con consignas feministas ni se definieron así públicamente, pero muchas tomaron decisiones que cambiaron las reglas del juego.

“Cada generación ha tenido que ir rompiendo algo”, reflexiona Arely Torres. “Hoy podemos nombrarnos feministas con más libertad porque hubo mujeres antes que nosotras que ya estaban abriendo camino, incluso desde espacios pequeños o desde su vida cotidiana”.

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