
¿Qué pierde una empresa cuando se vuelve demasiado joven?
Asumir que la juventud es el único sinónimo de innovación le cuesta caro a las organizaciones. Al prescindir del talento de más de 50 años, una empresa no solo pierde colaboradores: pierde memoria organizacional, capacidad de resolución de crisis y empatía hacia un mercado maduro en constante crecimiento.
Hay una pregunta que cada vez me hago con más frecuencia:
¿Qué pierde una empresa cuando, por acción u omisión, se vuelve demasiado joven?
No estoy hablando de no incorporar jóvenes, de darles oportunidades o de valorar sus nuevas formas de pensar. Todo eso es necesario.
Hablo de algo diferente: de empresas donde, poco a poco, la juventud empieza a convertirse en sinónimo de talento, innovación y futuro, mientras que la experiencia comienza a percibirse como algo del pasado.
Y ahí podemos estar perdiendo mucho.
Una paradoja de nuestro tiempo
Vivimos una paradoja interesante.
Mientras la sociedad envejece y las personas vivimos y trabajamos durante más años, muchas empresas siguen pensando sus equipos y sus carreras profesionales con una lógica del siglo pasado.
El desafío de la longevidad no es solamente demográfico. También es empresarial.
Implica preguntarnos cómo vamos a aprovechar el talento, el conocimiento y el potencial de consumo de una población que seguirá activa durante muchas más décadas.
Y aquí aparece una oportunidad que todavía estamos aprovechando poco: la diversidad generacional.
No se trata solamente de incluir personas +50 porque “hay que hacerlo”. Se trata de entender qué valor aporta tener diferentes generaciones tomando decisiones, creando productos, atendiendo clientes y resolviendo problemas juntas.
Cuando la experiencia sale por la puerta
Cuando una persona con 20 o 30 años de trayectoria deja una organización, no se lleva solamente su puesto de trabajo.
Se lleva conocimiento.
Se lleva contactos, historias, aprendizajes, errores cometidos y decisiones tomadas en momentos en los que no había un manual.
Se lleva también algo difícil de medir: memoria organizacional.
¿Quién recuerda por qué se tomó aquella decisión? ¿Qué pasó cuando se intentó determinada estrategia? ¿Qué cliente necesita un tratamiento especial? ¿Qué error conviene no volver a cometer?
Muchas veces ese conocimiento no está escrito en ningún documento. Está en las personas.
Por eso, cuando una empresa pierde a una persona con 20 o 30 años de experiencia, no pierde solamente a un empleado. Puede perder conocimiento, contactos, memoria organizacional y una mirada construida a partir de haber atravesado diferentes ciclos económicos y profesionales.
Y entonces la pregunta cambia.
Ya no es solamente qué podemos hacer por las personas mayores de 50. La pregunta es qué puede perder una empresa si decide prescindir de ellas.
Una empresa joven en una sociedad que envejece
Hay otra paradoja que me parece todavía más interesante.
Nuestra sociedad está cambiando. Vivimos más años, tenemos carreras profesionales más largas y seguimos consumiendo, viajando, aprendiendo, trabajando y tomando decisiones durante muchas más décadas.
Y las personas +50 representan un mercado cada vez más importante.
Entonces, ¿qué sucede cuando quienes diseñan productos, servicios, campañas y experiencias tienen todos 25, 30 o 35 años?
¿Quién está mirando el mundo desde la perspectiva de alguien de 55 años? ¿De 65? ¿75? No alcanza con investigar a ese consumidor.
También necesitamos personas de diferentes edades sentadas en la mesa donde se toman las decisiones.
Porque la diversidad generacional no solamente beneficia a quienes trabajan en una empresa.
También puede ayudar a comprender mejor a quienes compran sus productos y servicios.
No se trata de jóvenes contra mayores
Esta conversación no debería convertirse en una competencia entre generaciones.
No necesitamos reemplazar jóvenes por mayores.
Necesitamos equipos donde puedan convivir distintas generaciones.
Una persona joven puede aportar nuevas herramientas, velocidad, otra relación con la tecnología y preguntas que alguien con muchos años de experiencia quizás no se haría.
Una persona con más experiencia puede aportar perspectiva, conocimiento del negocio, capacidad para reconocer patrones y aprendizajes acumulados durante décadas.
¿Y si en lugar de elegir entre una cosa y la otra las combinamos?
Quizás ahí aparezca una de las grandes oportunidades del futuro del trabajo.
Yo también tuve que empezar de nuevo
Lo digo desde mi propia experiencia.
Después de los 60 decidí no jubilarme.
Me fui de Uruguay, llegué a México y entré en un entorno profesional muy diferente al que había conocido durante más de 20 años en la industria farmacéutica.
Trabajé en una startup rodeada de personas mucho más jóvenes que yo. Y tuve que aprender.
Nuevas herramientas, nuevos códigos, nuevas formas de trabajar.
Pero también descubrí algo importante: todo lo que había aprendido durante mi trayectoria profesional seguía teniendo valor.
No tuve que elegir entre experiencia y adaptación.
Tuve que aprender a combinar ambas.
Y creo que eso es exactamente lo que las empresas necesitan empezar a hacer.
La pregunta que deberíamos hacernos
Durante mucho tiempo, cuando una persona llegaba a los 50, comenzaban las preguntas: ¿Es demasiado grande para este puesto?
¿Se adaptará a la tecnología?
¿No será mejor alguien más joven?
Quizás deberíamos empezar a formular otras preguntas:
¿Qué experiencia aporta?
¿Qué puede enseñar?
¿Qué puede aprender?
¿Qué conocimiento estamos perdiendo si la dejamos afuera?
La longevidad está cambiando nuestras vidas. También debería cambiar nuestra manera de pensar el trabajo.
Si vamos a vivir más años, probablemente también tendremos que trabajar durante más años, pero de maneras diferentes: con más flexibilidad, posibilidades de reconversión, aprendizaje continuo y movilidad entre distintas etapas profesionales.
El talento no debería tener fecha de vencimiento.
Y una empresa no debería confundir juventud con potencial ni experiencia con obsolescencia.
La longevidad no es solamente un reto demográfico. También es una oportunidad empresarial.
Una oportunidad para aprovechar mejor el talento, ampliar la mirada, comprender nuevos mercados y construir equipos donde la experiencia y las nuevas generaciones no compitan, sino que se potencien.
Porque quizás la pregunta más importante no sea solamente qué pierde una empresa cuando se vuelve demasiado joven.
Quizás sea:
¿Cuánto valor está dejando afuera cuando deja de incorporar personas que todavía tienen mucho para aportar?
Una empresa verdaderamente diversa no es aquella donde todos tienen la misma edad. Es aquella donde las distintas generaciones pueden aprender, aportar y crecer juntas. Y eso no es solamente una cuestión de inclusión.
También es una manera de construir mejores empresas para una sociedad que, inevitablemente, va a vivir y trabajar durante más tiempo.
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