
María Branyas, la mujer que vivió 117 años, revela las claves de la longevidad
Testigo de la gripe de 1918, la Guerra Civil y la pandemia de Covid, Branyas alcanzó los 117 años con una salud extraordinaria. Su estudio científico aporta respuestas sobre cómo envejecer con dignidad en sociedades cada vez más longevas.
Vivir más de un siglo siempre ha sido un anhelo humano. Sin embargo, pocas veces se logra documentar de manera científica cómo una persona llega a superar los 100 años con buena salud. Ese es el valor del estudio realizado en torno a María Branyas Morera, la catalana que murió en 2024 tras cumplir 117 años y convertirse en la persona más longeva del planeta. Su caso, recientemente publicado en la revista Cell Reports Medicine, ha abierto un nuevo capítulo en la investigación sobre el envejecimiento.
Una vida excepcional que se volvió caso científico
Nacida en 1907 en San Francisco, hija de emigrantes españoles, Branyas atravesó la gripe de 1918, la Guerra Civil Española, la Segunda Guerra Mundial y hasta la pandemia de covid-19. Fue madre, abuela, bisabuela y enfermera en tiempos de conflicto. Durante sus últimos años, aceptó participar en un proyecto pionero: donar muestras de sangre, saliva, orina y microbiota intestinal a un equipo de investigadores encabezado por el doctor Manel Esteller, del Instituto Josep Carreras. “Por favor, estudiadme”, pidió poco antes de morir.
Su voluntad permitió que, por primera vez, los científicos pudieran observar en detalle qué ocurre en el organismo de alguien que sobrepasa los 115 años sin desarrollar cáncer, demencia ni enfermedades cardiovasculares graves.
La dualidad biológica
Los resultados revelan lo que los investigadores llaman una “paradoja de longevidad”. Por un lado, Branyas mostraba signos de desgaste extremo: telómeros muy cortos, un sistema inmune inflamado y células de defensa envejecidas. Pero al mismo tiempo, poseía marcadores que la acercaban biológicamente a alguien mucho más joven:
- Una edad epigenética hasta 23 años menor que su edad real.
- Genes asociados a la protección cerebral y cardíaca.
- Un metabolismo del colesterol impecable.
- Y, sobre todo, un microbioma intestinal rico en bifidobacterias, bacterias beneficiosas que suelen disminuir con la edad, pero que en ella se mantenían en abundancia.
“María representaba un cuerpo joven atrapado en un organismo viejo”, resumió Esteller.
Aunque la genética explica parte del fenómeno, el estilo de vida de Branyas también jugó un papel fundamental. Los investigadores señalan que su dieta mediterránea, la ausencia total de alcohol y tabaco, y la práctica diaria de comer yogur probiótico reforzaron su microbiota intestinal.
Hasta pasados los 90 años caminaba a diario y mantuvo un peso estable. Además, conservó lazos familiares estrechos y cultivó amistades incluso en la residencia donde vivió sus últimos 20 años. “Tenía un sistema inmune muy equilibrado; por eso, cuando se contagió de covid a los 113 años, apenas presentó síntomas”, explicó Esteller.
El estudio no solo documenta un caso único, sino que plantea un cambio en la forma de mirar la vejez. “Por primera vez hemos separado la vejez de la enfermedad”, destacó Esteller. Esto podría derivar en terapias capaces de retrasar el deterioro físico sin necesariamente extender la edad cronológica, una idea clave en una sociedad que envejece rápidamente.
Otros especialistas subrayan la relevancia, pero piden cautela. Para la genetista Mary Armanios, de la Universidad Johns Hopkins, la longevidad no puede entenderse únicamente como un resultado biológico: “Factores como la educación, el nivel de ingresos y el acceso a servicios sanitarios influyen tanto como los genes. La genética de la longevidad es notoriamente confusa”.
El consenso, sin embargo, es claro: el caso de Branyas aporta información valiosa para identificar qué mecanismos pueden convertirse en dianas farmacológicas y cómo hábitos simples pueden reforzar la salud a lo largo de la vida.
Lecciones de una vida larga y plena
María no se veía a sí misma como un experimento, sino como una mujer que había sabido disfrutar del paso del tiempo. Atribuía su longevidad a la calma, a mantener relaciones sanas, a la estabilidad emocional y a evitar “a la gente tóxica”. Tocó el piano hasta los 112 años, conservó la memoria intacta y hasta el último día ejerció su sentido del humor.
“Quiero que la muerte me encuentre sonriendo, libre y satisfecha”, dijo días antes de partir en Olot, donde pasó sus últimas dos décadas. Su ciudad natal, San Francisco, declaró un día en su honor; y en España, su legado inspira proyectos de investigación que buscan mejorar la calidad de vida de las personas mayores.
El estudio de María Branyas no es sólo un retrato biológico, sino también un recordatorio social: envejecer con dignidad es un desafío colectivo. Hoy, más de 758 personas en España superan los 105 años. Entender qué factores permiten llegar a edades avanzadas con buena salud podría transformar la forma en que los sistemas de salud, las familias y las comunidades acompañan a sus mayores.
Su caso muestra que la longevidad es el resultado de una ecuación: genética favorable, hábitos sencillos y un entorno social que sostiene. Y que, quizá, la clave de una vida larga no esté en fórmulas secretas, sino en algo tan simple como lo que guardamos en nuestro refrigerador.
Fuentes:
https://www.cell.com/cell-reports-medicine/fulltext/S2666-3791(25)00441-0
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