
Miedo, solidaridad y aprendizaje: así se vivieron los sismos de 1985 y 2017
El 19 de septiembre quedó marcado en la memoria de México por dos grandes terremotos: 1985 y 2017. Tres mujeres que los vivieron en diferentes etapas de su vida (como estudiante, madre y trabajadora) comparten sus recuerdos de miedo, caos y también de solidaridad. Sus testimonios muestran cómo ha cambiado la forma de enfrentar los sismos y qué aprendizajes permanecen.
El 19 de septiembre de 1985 y, tres décadas después, el 19 de septiembre de 2017, dos sacudidas dejaron a la Ciudad de México marcada por los daños materiales y por historias personales que todavía se cuentan en voz alta. Tres testimonios (el de una estudiante adolescente que aquel día recorría el metro, el de una maestra que vivió el temblor desde su casa y el de una profesional que pasó de niña a madre preocupada por su hijo) permiten acercarnos a cómo se vivieron y cómo cambiaron la vida cotidiana y la sensación de seguridad.
Guadalupe Parral, periodista.
En 1985, Guadalupe tenía 15 años y se dirigía a la escuela cuando el sismo la atrapó dentro del Metro Bellas Artes: se fue la luz y, confinada en el subterráneo, solo supo que algo grave pasaba cuando la evacuaron. Al salir, caminó hacia su secundaria en San Cosme y encontró humo, derrumbes y gente corriendo.
“Vi mucho polvo por todas partes; había gritos y personas desesperadas”, recuerda. En los días siguientes vio en la calle y en los medios la dimensión real de la tragedia: edificios caídos, familias buscando a sus parientes y ayuda que llegaba desde distintos países.
En 2017, con 47 años, Guadalupe vivió el temblor desde su casa. No sonó la alarma donde ella estaba. Lo primero que percibió fue un rugido en el piso, “como si el suelo viniera hacia nosotros”. Ese movimiento la dejó con la sensación de que la ciudad había cambiado, pudo caminar por zonas donde las plazas y centros comerciales se veían cerrados y desolados.
Hoy recuerda la diferencia en la respuesta social y en la comunicación: “Antes la información llegaba a cuentagotas; ahora las redes y los simulacros hacen que la gente esté más informada, pero hay que buscar fuentes fiables”, recomienda.
Narda Gasca, licenciada en educación primaria.
Narda tenía 28 años en 1985. Vivía en un departamento en tercer piso y, como muchas personas entonces, pensó que ponerse bajo el marco de la puerta era suficiente. Tras el temblor salió a la calle y, al intentar seguir su rutina (llevar a su hija a la guardería, llegar a su curso) se topó con el caos: polvo, calles con escombros y edificios derrumbados. Recuerda el momento en que vio que el edificio “Nuevo León”, de Tlatelolco, en Ciudad de México, se había desplomado y cómo empezó a dimensionar la catástrofe.
En 2017, con 60 años, la experiencia fue distinta. Ese día la alarma sonó tras un simulacro y el miedo fue mayor. Además, en su hogar estaba su hermano invidente y tenía la preocupación de llegar a tiempo por su nieto a la escuela.
Fue un vecino quien se quedó con su hermano para que ella pudiera bajar y salir a buscar al niño: “Ese acto de solidaridad me permitió respirar”, dice. Desde entonces, Narda cambió hábitos: se mudó a planta baja, tiene una mochila de emergencia lista y no duda en priorizar la vida por encima de las pertenencias. “Si alguien quiere robarse la pantalla, que se la lleve”, comenta.
Angélica Gutiérrez, especialista en relaciones públicas.
Angélica recuerda con poca claridad el 85: tenía 4 años y lo que le quedó grabado fueron las escaleras balanceándose como un columpio. Treinta y dos años después, en 2017, vivió como adulta responsable: trabajaba en el piso 14 de una agencia en la colonia Roma.
Cuando empezó el movimiento, el edificio se tambaleó y ella y sus compañeros cayeron al piso. Desde las ventanas vieron polvo en distintos puntos de la ciudad y Angélica pensó de inmediato en su hijo, que estaba en la primaria en Tlatelolco. La imposibilidad de comunicarse (las líneas y las redes colapsaron) multiplicó la angustia hasta que una vecina la tranquilizó: su mamá había ido por el niño y estaba bien.
La experiencia la llevó a digitalizar documentos, dejar calzado cerca de la puerta, mantener la linterna y el teléfono cargados. También valora mucho la respuesta comunitaria: “Ver a vecinos organizándose, empresas abriendo espacios para dar comida, gente ayudando a desconocidos, eso es lo que nos sostiene en la emergencia”.
Solidaridad, preparación y comunicación
Las tres voces coinciden en lo esencial: en el miedo y en la solidaridad. En 1985, sin teléfonos móviles ni redes sociales, la ayuda era más orgánica y presencial. Vecinos que se reunían para remover escombros y rescatar vidas. En 2017, la existencia de alarmas, simulacros y canales informativos hizo más visible la coordinación y la rapidez en la difusión de información, aunque también mostró la fragilidad de las comunicaciones en el momento inmediato.
Las diferencias generacionales saltan a la vista: quienes eran jóvenes en 1985 recuerdan una reacción colectiva de emergencia intensa y, a la vez, una sensación de improvisación institucional.
Quienes vivieron 2017 como adultos reconocen mayor preparación personal y una actitud preventiva (maleta lista, puntos de encuentro, digitalización de documentos), aunque el miedo sigue siendo real.
En este sentido, las recomendaciones de las tres son claras:
- Lleva una bolsa ligera de emergencia con agua, medicamento habitual, copias de documentos esenciales, linterna y baterías.
- Ten documentos digitales en la nube y una lista con números de contacto impresa en tu cartera.
- Deja zapatos o chanclas cerca de la puerta y una linterna accesible.
- Acuerden con la familia un punto de encuentro y una persona de referencia fuera de la ciudad.
- Mantén el celular cargado por la noche y aprende a usar las funciones básicas (llamar, mensajes, compartir ubicación).
- Si tienes vecinos mayores o con discapacidad, coordina una red de apoyo: quién los ayuda a bajar o a comunicarse.
- Infórmate en medios oficiales y evita difundir rumores: la información verificada salva tiempo y vidas.
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