
Por qué más personas mayores de 65 están compartiendo su vivienda
La dificultad para sostener gastos fijos y el alza en el costo de la vivienda están impulsando nuevas dinámicas habitacionales. Las personas mayores se están convirtiendo en un grupo clave de arrendadores que viven en su propia casa, redefiniendo el envejecimiento y el uso del patrimonio inmobiliario.
Compartir vivienda ya no es una práctica asociada únicamente a la juventud. En un contexto de encarecimiento del costo de vida, presión sobre los ingresos fijos y pensiones que no siempre alcanzan, cada vez más personas adultas están optando por rentar una habitación dentro de su propia casa como una vía para mantener estabilidad financiera sin renunciar a la autonomía.
De acuerdo con un artículo publicado por The New York Times, esta tendencia ha crecido de forma sostenida en los últimos años y refleja un cambio profundo en la manera en que las personas mayores gestionan su patrimonio inmobiliario. Lejos de tratarse de casos aislados, compartir casa se está convirtiendo en una estrategia recurrente para hacer frente a un entorno económico cada vez más exigente.
El reportaje, basado en datos de la plataforma de búsqueda de compañeros de vivienda SpareRoom, señala que desde 2019 el porcentaje de propietarios de vivienda de 45 años o más que anuncian cuartos en renta por periodos mayores a un mes pasó de 28% a casi 40% del total de arrendadores que viven en el mismo inmueble. El crecimiento más acelerado se observa entre las personas de 65 años y más, cuya participación se ha más que duplicado en los últimos cinco años.
Aunque este grupo aún representa una proporción relativamente pequeña del total (poco más del 6% en 2024), es el segmento de mayor crecimiento. Para la economía plateada, este dato es clave, pues muestra cómo las personas mayores están encontrando nuevas formas de activar activos existentes para sostener su calidad de vida.
Tener casa no significa tener liquidez
Uno de los puntos centrales del análisis es que ser propietario no equivale necesariamente a contar con flujo de efectivo. Impuestos, servicios, mantenimiento, reparaciones y gastos médicos pueden convertirse en una carga constante, especialmente para quienes dependen de pensiones o ingresos limitados.
En ese contexto, rentar una habitación aparece como una solución práctica. Según recoge el artículo de The New York Times, los ingresos que puede generar un cuarto en renta difícilmente se igualan con trabajos ocasionales o de medio tiempo, sobre todo para personas jubiladas que no desean reincorporarse al mercado laboral o que ya no pueden hacerlo a tiempo completo.
Este crecimiento también se vincula con las dificultades que enfrentan las generaciones más jóvenes para comprar vivienda. En Estados Unidos, la edad promedio de quienes adquieren casa por primera vez alcanzó los 40 años en 2025, un máximo histórico. Esto ha incrementado la demanda de habitaciones en renta y ha convertido a los adultos mayores en una figura cada vez más relevante dentro del mercado habitacional.
El resultado es un modelo que responde a necesidades cruzadas: personas mayores con espacio disponible generan ingresos adicionales, mientras que jóvenes o adultos sin acceso a una vivienda completa encuentran una alternativa más asequible.
Otro hallazgo relevante es que esta práctica no se limita a grandes metrópolis con altos precios inmobiliarios. Ciudades consideradas relativamente accesibles registraron los mayores incrementos de propietarios buscando compañeros de vivienda durante el último año.
Esto confirma que la tendencia responde a una presión económica más amplia y no únicamente a mercados extremos.
Desde la perspectiva de la silver economy, compartir vivienda después de los 65 años va más allá de una decisión financiera. También puede significar compañía, mayor seguridad y nuevas formas de convivencia, incluso intergeneracional. Para muchas personas mayores, rentar un cuarto es una manera de permanecer en su hogar, evitar la descapitalización y conservar el control sobre su forma de vida.
Como apunta el análisis, compartir casa ya no es una señal de precariedad, sino una muestra de adaptación. En un mundo donde vivir más también implica planear mejor, abrir la puerta del hogar puede convertirse en una estrategia para envejecer con dignidad, autonomía y estabilidad.
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