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¿Qué significa realmente el árbol de Navidad?

¿Qué significa realmente el árbol de Navidad?

La alquimista Natalia Barrera explica cómo sus adornos funcionan como símbolos de intención y por qué, en tiempos de desconexión, este ritual también se transforma en un acto de conciencia ambiental cuando devolvemos el árbol a la tierra para cerrar su ciclo.

Zyanya López
Zyanya López
Autor verificado

Durante siglos, el árbol de Navidad ha sido una brújula emocional para las familias. Un símbolo de luz en tiempos oscuros que, como recuerda la alquimista Natalia Barrera, “sobrevive porque conecta lo terrenal con lo divino”. Hoy, en un mundo más acelerado y desconectado, el árbol se reinterpreta para recuperar su sentido más profundo, es decir, un ritual de esperanza, memoria y, cada vez más, de responsabilidad ambiental.

Mucho antes de convertirse en el epicentro de la Navidad moderna, el árbol fue un símbolo de resistencia y vida en pleno invierno. Los pueblos nórdicos celebraban el solsticio como la victoria de la claridad sobre la oscuridad. Traían a casa árboles de hoja perenne (pinos, abetos, acebos) y los decoraban con velas y frutos.

“Estas celebraciones buscaban que la luz perdurara durante el duro invierno”, explica Barrera. Nórdicos y romanos compartían la misma intuición, que era proteger el hogar con un símbolo capaz de atravesar la oscuridad y anunciar un nuevo ciclo.

Con la expansión del cristianismo, las tradiciones no fueron eliminadas, sino integradas. La Iglesia mantuvo la fecha del solsticio y sumó el significado del nacimiento de Cristo. Así, señala la alquimista, “el cristianismo mezcla culturas para que todos celebremos la luz”, un legado que llegó siglos después a Latinoamérica.

El árbol como mapa emocional y espiritual

Con el tiempo, las familias transformaron el árbol en un espejo de sus deseos. Desde la alquimia, cada elemento del árbol es un código simbólico:

  • Las esferas representan prosperidad y orden.
  • Las flores, la energía creativa y sexual.
  • Los animales, fidelidad y verdad.
  • Las estrellas, protección frente a la envidia.
  • Los caramelos largos, caminos que se abren.
  • Las frutas, salud para quienes aman.

Cada adorno tiene un propósito. Y esa intención, afirma la experta, activa una dimensión emocional profunda: “En el árbol trabajamos la fe, renovamos la esperanza y miramos el próximo año desde la espiritualidad”.

No es casual que para quienes hoy tienen más de 50 años, el árbol sea una cápsula de memoria. Representa continuidad, reuniones familiares, rituales heredados, infancia. “Es un árbol genealógico. Une la tierra con el cielo. Por eso colocamos una estrella en la punta”, dice Barrera.

Los abuelos fueron quienes sostuvieron el sentido original: compartir, agradecer, dar. Antes, refiere la alquimista, había un diálogo más íntimo con la divinidad. No se trataba sólo de creencias, sino de un modo de vivir la Navidad como ritual de comunidad, generosidad y vínculos humanos.

Hoy, en cambio, predominan la velocidad y la hiperconexión tecnológica. “Vivimos una pandemia de desconexión. Las redes generan dopamina, pero fragmentan la convivencia y la intimidad. De ahí la relevancia del árbol como ancla, un espacio donde retorna lo esencial”, explica la alquimista.

¿Natural o artificial?

Aunque en algunos países persiste la tradición del árbol natural, Natalia Barrera recuerda que lo fundamental no es el material, sino el significado. “El árbol puede ser natural, artificial o hecho de papel. Lo importante es el símbolo”.

Aun así, para quienes eligen árboles naturales, surge una responsabilidad ambiental que resignifica el ritual, ¿qué hacemos con el árbol cuando termina diciembre? En la tradición nórdica, el árbol era parte del ciclo de la naturaleza. En la realidad actual, ese ciclo se rompe cuando se desecha en la basura. Por eso, cada año más ciudades fomentan llevar los árboles a centros de acopio para convertirlos en composta.

Aunque Natalia Barrera se enfoca en lo simbólico, su lectura alquímica coincide con el sentido ecológico, es decir, la transformación. “Todo árbol debe volver a la tierra. Se trata de volver a Dios y a la naturaleza”, afirma. Reintegrarlo al suelo, en forma de composta, restituye el ciclo vital que el símbolo representaba desde su origen.

¿Y si lo quiero reciclar?

En años recientes, la Ciudad de México ha impulsado diversas campañas para dar un cierre responsable a los árboles naturales, invitando a las personas a llevarlos a centros de acopio donde son triturados y convertidos en composta para reforestar y nutrir los jardines de la capital. Programas como “Árbol por árbol, tu ciudad reverdece” han habilitado puntos de recepción en espacios emblemáticos como el Parque Ecológico de Xochimilco, el Bosque de Tlalpan, el Bosque de San Juan de Aragón, el Bosque de Chapultepec y el Vivero Nezahualcóyotl, además de centros instalados por alcaldías como Miguel Hidalgo en parques, explanadas y deportivos.

En estas jornadas, los árboles deben entregarse libres de adornos, plásticos o cables, para asegurar su transformación adecuada en composta. Además de fomentar la economía circular, estas iniciativas han ofrecido beneficios simbólicos y prácticos, como intercambiar el árbol por una planta ornamental.

Este nuevo cuidado se ha vuelto un gesto educativo, que radica en enseñar a hijos y nietos que la tradición también implica responsabilidad, conciencia y respeto por el planeta.

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