
Roberto Servitje: un líder nonagenario
Ejemplo de longevidad con propósito: trabajó activamente hasta los 85 años, guiado por la ética, la fe y el deseo de servir. Su historia invita a repensar lo que significa envejecer con sentido, seguir siempre creando sin importar la edad física y construir con convicción más allá del éxito empresarial. Roberto Servitje, uno de los fundadores de Grupo Bimbo, murió a los 97 años dejando un legado empresarial y humano que trasciende generaciones.
A Roberto Servitje Sendra no lo definía solo el título de empresario ni su papel como cofundador de Grupo Bimbo, una de las panificadoras más grandes del mundo. Su verdadera esencia estaba en su profunda fe, su curiosidad inagotable y una vida llevada con sentido. Fue un hombre que trabajó por convicción hasta los 85 años, que escribió libros, que fue piloto aviador, y que hasta el final vivió con la misma disciplina y pasión que lo distinguieron desde joven. Murió el 17 de julio de 2025, a los 96 años, habiendo sido mucho más que un capitán de empresa.
Nació en 1928, en la Ciudad de México, hijo de inmigrantes catalanes. Creció en una familia católica, que le inculcó el valor del trabajo, la fe y el servicio. Desde muy joven mostró una inclinación natural por la disciplina y el liderazgo, pero también por lo técnico, lo mecánico, lo preciso. Esos rasgos lo llevaron no solo a estudiar administración de empresas, sino también a convertirse en piloto aviador, uno de sus más grandes orgullos personales.
Amaba volar. Ser piloto no fue un pasatiempo superficial en su vida. Roberto Servitje estudió formalmente aviación, obtuvo su licencia y durante décadas pilotó aviones ligeros. Volar le daba perspectiva, literal y simbólicamente. Lo hacía con frecuencia, ya fuera para supervisar las operaciones de Bimbo o como una forma de reflexión personal. Le apasionaban los cielos, la precisión de los instrumentos, la sensación de control, pero también la humildad que impone la naturaleza desde el aire.
Quienes lo conocieron de cerca saben que sus conversaciones favoritas no siempre eran sobre negocios, sino sobre rutas de vuelo, anécdotas en el aire y lecciones de humildad aprendidas a miles de pies de altura. Volar, decía, le enseñaba a ver la vida desde otra perspectiva y a tomar distancia de los problemas para resolverlos con mayor claridad.
Costumbres firmes y principios inamovibles
A pesar de su éxito empresarial, vivía con sobriedad. Su rutina era siempre meticulosa, aún en sus noventas. Estuvo casado con Carmen Montull, con quien tuvo siete hijos. Su vida familiar fue una prioridad, y a menudo decía que lo más importante que podía dejarle a sus hijos no era dinero, sino principios. Fue abuelo y bisabuelo, y hasta el final, siguió siendo una figura central en la vida de su familia. No le gustaba el protagonismo público, prefería escuchar antes que hablar y siempre tenía una anécdota o una frase certera para acompañar una enseñanza.
Fundó Grupo Bimbo en 1945 junto con su hermano Lorenzo y algunos socios, cuando apenas tenía 17 años. Desde entonces, se comprometió con una visión que combinaba eficiencia, innovación y valores humanos. Fue director general, presidente del consejo de administración y presidente honorario. Bajo su liderazgo, la empresa creció de manera exponencial, pero él siempre insistió en que el verdadero éxito de Bimbo no estaba en las cifras, sino en su gente.
Creía en un modelo empresarial profundamente ético. Inspirado por la doctrina social de la Iglesia, defendía la idea de que la empresa debía ser “altamente productiva y plenamente humana”. Eso implicaba cuidar a los trabajadores, formar líderes con conciencia y contribuir al bienestar de las comunidades. No era discurso, lo vivía todos los días.
Incluso cuando dejó los cargos operativos, siguió yendo a trabajar. A los 90, aún participaba en consejos y reflexionaba sobre el rumbo de la empresa. A los 95, aún revisaba documentos, escribía, y conversaba con los jóvenes que lo buscaban para aprender. No concebía la vida sin trabajo, no por obligación, sino porque era su vocación. Su forma de entender la vida y el trabajo resuena profundamente con esa generación que no busca el retiro sino la reinvención profesional y personal.
Un legado más allá del pan
En los últimos años de su vida escribió varios libros en los que compartía su visión del mundo, del liderazgo y de la fe. Sus textos, escritos con sencillez pero con profundidad, reflejan la coherencia con la que vivió: honradez, humildad, compromiso y trascendencia.
Roberto Servitje no buscó los reflectores. No fue un orador carismático ni un ejecutivo de poses. Fue un líder callado, profundo y congruente. Hoy, más allá de su legado empresarial, deja una lección de vida: que se puede envejecer con dignidad, mantenerse activo por convicción y vivir con propósito hasta el último aliento.
Para quienes buscan nuevas formas de crecer, emprender o reinventarse, la historia de Roberto es un poderoso recordatorio de que vivir más también puede ser vivir mejor. Se fue como vivió: sereno, discreto, comprometido. Y quizá, en lo más profundo, volando. Sin duda, un ejemplo de longevidad productiva y vida con sentido.
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