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Relación del mundo prehispánico con la Semana Santa en el pueblo de Ixtapalapa

Antes de Cristo… el lugar ya era sagrado: relación entre el Ixtapalapa prehispánico y la Semana Santa actual

Mucho antes de que Cristo cargara la cruz por las calles de Iztapalapa, ya se encendía ahí el fuego que evitaba el fin del mundo. Esta nota te lleva por una historia que va más allá del Viacrucis: un relato donde se cruzan la devoción cristiana y las raíces mexicas en un mismo cerro sagrado. Descubre por qué la Semana Santa de Iztapalapa es más que una representación: es una herencia viva y un espejo de lo que fuimos… y seguimos siendo.

Pilar Maguey
Pilar Maguey
Autor verificado

Cada año, cuando el sol empieza a calentar con fuerza en abril, en la alcaldía de Iztapalapa se abre un umbral entre el tiempo y la fe. Las calles polvorientas se llenan de solemnidad, mantos púrpura, túnicas desgastadas y miradas que no son de actores, sino de devotos. En este rincón del oriente de la Ciudad de México, para su pueblo originario, no se actúa la Semana Santa: se revive, se carga en hombros y se llora de verdad.

Pero lo que muchos no saben —y que al descubrirlo duele como un eco antiguo— es que Iztapalapa ya era tierra sagrada mucho antes de la llegada del cristianismo. Donde hoy se arrastra la cruz, ayer se ofrecían flores y sangre al Sol. Ahí, donde se clava simbólicamente a Cristo, también se honraba a los dioses aztecas con danzas y ayunos, con fuego nuevo y promesas de cosecha.

El Cerro de la Estrella: Del Dios del Sol a Jesucristo

La representación de la Pasión de Cristo tiene su clímax en el Cerro de la Estrella, ese imponente rocoso que mira hacia los cuatro puntos cardinales de Iztapalapa, y en el que en su punto más alto tiene una pirámide (que pocos conocen). Desde 1843 se convirtió en el Gólgota mexicano, pero siglos antes fue mucho más.

El Cerro de la Estrella o Huizachtepetl (su nombre en náhuatl) fue en tiempos mexicas el centro de un ritual que marcaba el inicio de la vida, cada 52 años. Ahí se encendía el Fuego Nuevo, una de las ceremonias más importantes, en el que se pedía permiso a los dioses para que la vida continuara y evitar el fin del mundo. Una noche en el que los sacerdotes del pueblo observaban las estrellas con la esperanza de que el Sol volviera a salir. Era una lucha por la continuidad de la vida.

Hoy, con una cruz de madera a cuestas de más de 90 kilos, un joven de los ocho barrios del Pueblo de Iztapalapa, representa a Cristo y sube ese mismo cerro. El dolor en su rostro no es fingido. Tampoco lo es el sudor de los nazarenos ni las lágrimas de las Marías. La ceremonia católica y la mexica, separadas por siglos, coinciden en lo más profundo: el sacrificio como forma de salvación.

Barrios con herencia antigua

La escenificación se reparte entre los ocho barrios originales del pueblo de Iztapalapa: San Lucas, Santa Bárbara, San Ignacio, San Pablo, San Pedro, San José, San Miguel y La Asunción. Cada uno participa con orgullo y rivalidad noble al vestir sus calles y escenarios. Lo interesante es que estos barrios fueron fundados sobre antiguos calpullis mexicas, comunidades que también se organizaban para rituales colectivos en honor a sus dioses.

La combinación del ritual mexica y cristiano no es una casualidad, es un acto de fervor que cicatrizó en forma de tradición. Donde antes se sacrificaban las figuras de los dioses para continuar con la vida, ahora se ofrece el cuerpo del nazareno. Donde antes se alzaban piedras labradas, hoy se alzan altares de tela e imágenes religiosas de bulto. Y sin embargo, la intención es la misma: no dejar morir la esperanza y la fe.

De la epidemia al milagro

La Semana Santa de Iztapalapa no nació como un espectáculo turístico, sino primero como una manera de evangelización que los españoles trajeron al pueblo mexica y después tomaría fuerza histórica por una promesa a Dios para detener una epidemia de cólera en 1833. La gente de aquel entonces rezó implorando alivio. El siguiente año, la peste cedió, y el pueblo cumplió su palabra: representarían la Pasión cada año. Lo que comenzó como un acto de fe se convirtió en una herencia que atraviesa generaciones.

Y quizás, en esa mezcla de memoria prehispánica y devoción cristiana, reside la razón por la cual esta celebración conmueve tanto. Para quienes pertenecen a los pueblos originarios de los ocho barrios y nativos del pueblo de Iztapalapa, no es una puesta en escena, es una forma de honrar a sus ancestros, a la historia de este lugar sagrado y a la solemnidad del luto cristiano.

Un evento que compite con Roma y Jerusalén

Según cifras oficiales Iztapalapa ha llegado a convocar a más de dos millones de personas en Semana Santa. Muchos vienen por devoción, otros por asombro, pero todos se van con algo adentro removido. Las comparaciones con los rituales del Vaticano en Roma o las peregrinaciones a Jerusalén no son exageradas: la magnitud, el compromiso comunitario, la entrega física y emocional hacen de esta escenificación uno de los eventos religiosos que más fieles mueven en los días de su realización.

Pero lo que la Semana Santa en Iztapalapa tiene, que ninguna otra posee, es ese doble fondo histórico: el cristianismo montado sobre dioses prehispánicos que no se han borrado del todo. Se adaptó, se transformó y hoy camina con túnica y corona de espinas que llevan los nazarenos en la cabeza, pero con los pies descalzos de sus antiguos guardianes.

Y así, cada Semana Santa en Iztapalapa no solo revive la Pasión de Cristo, sino también la resistencia espiritual de un México que se niega a olvidar de dónde viene. Si alguna vez te has preguntado dónde se cruzan la cruz y el maíz, la respuesta está en este cerro, en este pueblo, en esta fe que duele pero no muere.

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