
Residencia Villazul propone cuidar con autonomía en la nueva etapa de vida
La población de 60 años y más ya representa 14.7% del país. En este nuevo escenario demográfico, modelos como Residencia Villazul muestran cómo el cuidado puede centrarse en autonomía, rutina y calidad de vida.
México está entrando a una nueva realidad demográfica. Cada vez hay más personas mayores y, con ello, crece la conversación sobre quién cuida, cómo se cuida y bajo qué condiciones. De acuerdo con la Encuesta Nacional de la Dinámica Demográfica (ENADID 2023), la población de 60 años y más ya representa 14.7% del total del país, frente a 12.3% en 2018. Las proyecciones oficiales anticipan que, en poco más de una década, el volumen de personas mayores será similar al de la población infantil.
Este cambio implica más años de vida, pero también más años en los que muchas familias deberán tomar decisiones clave como cuidados en casa, cuidadores por horas, estancias temporales, centros de día o residencias permanentes. En ese contexto, destaca Residencia Villazul, con más de 41 años de experiencia en atención al adulto mayor.
Durante un recorrido por sus instalaciones, Analu Arrieta, gerente general de la residencia, explica que Villazul no fue una adaptación tardía ni un edificio reconvertido: “Desde un principio se fundó como un lugar con los espacios adecuados para el cuidado de los adultos mayores”.
Un proyecto pensado desde el origen
La Residencia Villazul se compone de dos torres. La primera, con 70 habitaciones de distintos tamaños (desde 30 metros cuadrados hasta suites y master suites), ha recibido mantenimiento constante a lo largo de los años. “No es el edificio más moderno, pero está perfectamente bien conservado y funcional”, señala Arrieta.
La segunda torre se construyó 20 años después e incorporó elementos que respondían a nuevas necesidades: estacionamiento subterráneo, mayor accesibilidad y mejores condiciones para personas con movilidad reducida. No se trata solo de crecer, sino de ajustar el diseño a la forma en que envejecen las personas.
Uno de los aspectos menos visibles del cuidado es la rutina. En Villazul, los comedores están organizados según el nivel de independencia de cada residente. Hay espacios para quienes comen de manera autónoma y otros para quienes requieren apoyo, sin exponerlos ni romper su privacidad.
La alimentación sigue horarios definidos y menús completos, con opciones adaptadas a distintas condiciones de salud. Por las mañanas, el esquema recuerda al de un hotel, pues ofrecen desayuno tipo buffet, café, fruta, pan y plato fuerte.
“Funcionamos un poco estilo buffet. Muchos residentes siempre dicen que viven en un hotel. Y es cierto, yo de formación soy hotelera”, comenta Analu Arrieta.
Más que cumplir con una indicación médica, la comida forma parte del bienestar emocional y de la sensación de normalidad. Lo mismo ocurre con los espacios comunes. Salas de juego donde por las tardes se reparte el dominó; talleres de pintura, repostería y manualidades, clases de yoga, tai chi, música, teatro y estimulación cognitiva. También hay un espacio reservado para la fe, donde el rezo del rosario sigue siendo una de las actividades con mayor participación.
El jardín -pequeño, pero diseñado con criterios de seguridad- permite actividades físicas suaves, descanso y convivencia. Pasamanos, superficies amortiguadas y una fuente que invita a la calma muestran una lógica de prevención sin infantilizar.
Cuidar sin encerrar
Uno de los principios que más subraya Analu Arrieta durante el recorrido es la independencia y autonomía. “Una de nuestras principales ventajas es que tenemos libertad 24/7, tanto para familiares como para residentes”, afirma. Las visitas pueden llegar a cualquier hora y, cuando la condición de la persona lo permite, los residentes pueden salir y regresar sin restricciones.
Algunos continúan trabajando o mantienen actividades fuera de la residencia. Otros reciben a sus familias los fines de semana, reservando el comedor de invitados “como cualquier restaurante”. La idea, explica la gerente general de Residencia Villazul, no es cortar la vida previa, sino acompañarla.
Durante el recorrido, la dimensión emocional aparece una y otra vez. Las habitaciones pueden entregarse amuebladas o personalizarse con muebles propios, fotografías y objetos con historia. “Siempre les digo que elijan algo que realmente les guste, porque al final del día este puede ser su último hogar”, dice Arrieta.
Hay residentes que llevan más de 10 o 15 años viviendo en Villazul. Una habitación fue hogar de una mujer durante dos décadas. Al dejarla, fue remodelada, pero la despedida marcó tanto a la familia como al equipo. “Ella decía: ‘esta es mi casa’”, recuerda Analu Arrieta.
La escena se repite en pequeños gestos. Los tableros informativos junto a los elevadores donde se anuncian cumpleaños, menús y actividades. La persona asignada por torre para repartir medicamentos, de modo que nadie tenga que preocuparse por horarios o dosis. La tienda interna donde conviven la dieta cuidada con los chocolates y las papas fritas.
En un país donde el envejecimiento avanza más rápido que las políticas públicas de cuidado, experiencias como la de Residencia Villazul permiten mirar el tema desde otro lugar, es decir, como elección informada, como reorganización de la vida. Y, sobre todo, hacerlo sin dejar de sentirse en casa.
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