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¿Sabías que el cura Hidalgo nunca dijo “Viva México”?

¿Sabías que el cura Hidalgo nunca dijo “Viva México”?

Enriqueta Portillo Hidalgo y Costilla recuerda al “Padre de la Patria” no como estatua, sino como ser humano. En entrevista, confiesa lo que implica llevar su apellido y cómo mantiene vivo su legado dentro y fuera de su hogar.

Zyanya López
Zyanya López
Autor verificado

Cada 15 de septiembre, el país entero recuerda la madrugada en la que Miguel Hidalgo y Costilla, sacerdote ilustrado y rebelde, dio inicio a la Lucha por la Independencia. Más de dos siglos después, su apellido sigue resonando en plazas, discursos y ceremonias oficiales. Pero detrás de la figura histórica que conocemos como el “Padre de la Patria” también existe una memoria íntima, transmitida de generación en generación, que hoy mantiene viva Enriqueta Portillo Hidalgo y Costilla, descendiente directa del caudillo.

“Llevar este apellido representa un profundo compromiso histórico y moral. No es únicamente un nombre, sino un recordatorio constante de valores como la libertad, la justicia y la dignidad humana”, cuenta en entrevista para Soy Más.

Y añade que en su vida personal, esta herencia la ha llevado a reflexionar y a actuar siempre con ética, respeto y servicio: “No es fácil cargar con un apellido que todo el mundo reconoce, pero yo lo vivo como una responsabilidad y una inspiración”.

La memoria de Miguel Hidalgo, transmitida en su familia, ofrece ángulos que rara vez aparecen en los manuales escolares. Fue un hombre políglota: hablaba español, náhuatl, tarasco, otomí y francés, lo que le permitió comunicarse directamente con las comunidades indígenas y también leer a los filósofos de la Ilustración en su idioma original.

¿Sabías que el cura Hidalgo nunca dijo “Viva México”?

De joven le decían “el zorro”, por su aguda inteligencia y rapidez mental, un apodo que lo acompañó durante su etapa como estudiante en el Colegio de San Nicolás. Enriqueta lo recuerda como un espíritu creativo y rebelde: organizaba tertulias en las que se leía teatro francés prohibido por la Inquisición, tocaba el violín y hasta dirigía obras teatrales con sus feligreses.

La tierra también fue su laboratorio. En Dolores introdujo cultivos inusuales en la región como la vid, el olivo y la morera, además de impulsar la apicultura. Pero no todo era brillantez. Como rector del Colegio de San Nicolás su administración se volvió caótica, pues prefería enseñar y debatir antes que llevar las cuentas.

Y en lo personal, tampoco vivió como lo exigía el celibato eclesiástico. Hidalgo tuvo varias relaciones amorosas y descendencia reconocida: al menos dos hijas y tres hijos. Para Enriqueta, ese aspecto lo vuelve más real y menos acartonado. “En mi época, en los libros lo idealizaban por ser sacerdote, pero no lo mostraban como lo que realmente fue: un gran ser humano, libre, fiestero, divertido, elocuente y un líder que se adelantó a su tiempo”.

La arenga original

El famoso grito “¡Viva México!”, que cada año se repite en el Zócalo, nunca salió de su boca. Enriqueta aclara que la arenga original de 1810 estuvo centrada en la Virgen de Guadalupe y en la denuncia contra el mal gobierno. “El grito como lo conocemos fue una construcción posterior, pensada para unificar al país”, explica.

Incluso el final de su vida revela un rasgo de carácter. La noche antes de ser fusilado en 1811, Hidalgo pidió chocolate y tabaco. Pasó sus últimas horas escribiendo cartas y leyendo, sin mostrar arrepentimiento ni miedo. Para su descendiente, ese gesto habla de una serenidad inquebrantable: “Murió con la misma dignidad con la que vivió”.

En casa de los Portillo Hidalgo y Costilla, los 15 de septiembre siempre han sido más que una fiesta nacional. Desde niña, Enriqueta recuerda esa fecha como un día especial, lleno de símbolos y orgullo. Ya de adulta, el apellido empezó a adquirir un peso distinto: “Fue impactante ver cómo la gente me miraba como si yo pudiera volver a darle a México esa independencia que todos sentimos que aún está pendiente”.

¿Sabías que el cura Hidalgo nunca dijo “Viva México”?

En lo íntimo, la familia mantiene la memoria de Hidalgo a través de relatos y conversaciones. Allí no aparece el héroe solemne, sino el hombre de carne y hueso, con sensibilidad y humanidad, que buscaba siempre equilibrar los dos mundos que conocía: el de la élite ilustrada y el del pueblo sencillo.

Un diálogo imaginario con su antepasado

Si pudiera hablar hoy con él, Enriqueta sabe qué le preguntaría: cómo mantener viva la unión y la esperanza en tiempos de incertidumbre. También le pediría consejo para construir un México con menos violencia y desigualdad, y para lograr un equilibrio real entre mujeres y hombres.

“Quisiera que las mujeres puedan empoderarse desde la dignidad y la equidad, no desde la imposición, sino desde la convicción de que trabajando en equipo alcanzamos un país más justo y humano”, menciona.

Y está convencida de que si Hidalgo viera el México actual, tendría sentimientos encontrados: orgullo por la independencia conquistada, pero también preocupación por las desigualdades persistentes. “Seguramente levantaría la voz para recordarnos que la independencia es un proceso inconcluso”, reflexiona.

Aunque el linaje la acompaña, Enriqueta no siente que la figura de Hidalgo eclipse su identidad. Al contrario, asegura que el apellido le ha abierto puertas y le ha dado una misión clara: vivir con coherencia. “El apellido es un honor, pero la esencia de quien soy se refleja en mis acciones diarias”, dice.

Al pensar en el futuro, le gustaría que su familia fuera recordada dentro de 50 o 100 años como una que no solo llevó un apellido, sino que supo honrarlo con servicio y compromiso social. A sus hijos y a su nieta les transmite ese mismo amor por la justicia que movió a Hidalgo a tomar el estandarte en 1810.

Enriqueta es crítica cuando habla de la forma en que México ha tratado la memoria de su antepasado. “Definitivamente no se le ha honrado de manera justa. Lo han ridiculizado con figuras absurdas que no dignifican su imagen. Lo justo sería honrarlo cumpliendo con sus ideales: construir un país más equitativo, libre y unido”.

En la víspera del Grito de Independencia, sus palabras resuenan con fuerza. Porque más allá de los discursos oficiales, los fuegos artificiales y el ritual que cada año convoca a millones, la voz de esta descendiente recuerda que el verdadero homenaje al Padre de la Patria está en llevar a la práctica sus ideales de justicia, libertad y dignidad.

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