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Tener propósito después de los 50 años protege tu salud cerebral, según la ciencia

Tener un propósito protege tu salud cerebral, según la ciencia

Metas pequeñas, hábitos diarios y mindfulness ayudan a mantener motivación, atención y memoria. La neuróloga Irene Treviño Frenk, profesora de la Facultad de Medicina de la UNAM, explica por qué el propósito es esencial para una longevidad saludable.

Redacción Soy+
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En tiempos donde frases como “mejor fluye, déjalo ser” se imponen, la ciencia insiste en lo contrario: el cerebro humano necesita dirección. Para la neuróloga Irene Treviño Frenk, profesora de la Facultad de Medicina de la UNAM, vivir con propósito no es una moda ni una aspiración motivacional, es una necesidad biológica fundamental.

Su afirmación parte de décadas de evidencia neurocientífica. El cerebro, explica, está diseñado para moverse con metas, expectativas y rutinas. “Tener un propósito, una meta, un plan o simplemente un rumbo, activa los circuitos dopaminérgicos, esos que sostienen la motivación, la atención y la toma de decisiones”, señala Treviño en un artículo publicado en la Gaceta UNAM.

La especialista describe con claridad lo que ocurre cuando esa dirección desaparece, “disminuye la dopamina, la corteza prefrontal se inactiva y las funciones ejecutivas se afectan”. El resultado recae en menos concentración, dificultades para organizarse, apatía y una disminución del disfrute.

Este fenómeno es especialmente visible en el síndrome postjubilación. Después de años de estructura y objetivos, la transición al descanso puede convertirse en un proceso desorientador.

“La ausencia de propósito reduce la estimulación cognitiva y emocional”, advierte la neuróloga. En los meses posteriores al retiro, muchos adultos mayores presentan insomnio, desinterés, quejas de memoria e incluso síntomas depresivos. Pero quienes encuentran nuevos proyectos, desde enseñar hasta cultivar un jardín o aprender algo nuevo, tienen menor riesgo de deterioro cognitivo.

La pandemia y el “declive por desuso”

Durante el aislamiento, la sociedad entera experimentó una especie de jubilación forzosa. Las rutinas se diluyeron, la interacción social desapareció y el cerebro recibió menos estímulos.

“La mente se desacostumbra al esfuerzo, la curiosidad se apaga y la atención se debilita”, explica la neuróloga. No fue simple aburrimiento, sino inactividad neurobiológica. Por eso aumentaron los diagnósticos de ansiedad, depresión e insomnio, así como las quejas de memoria.

La pérdida de estructura también se vio en el trabajo remoto. Elementos aparentemente mínimos, como vestirse, salir y convivir son, en realidad, señales poderosas para activar el sistema nervioso.

“Prepararse para salir envía al cerebro un mensaje claro, ‘esto importa, échale ganas’”, dice Irene Treviño. “Son microactivadores del lóbulo frontal que elevan la dopamina y mejoran el estado de ánimo, sin ellos, el día se vuelve homogéneo y el sueño se altera”.

La rutina como terapia

Lejos de ser una cárcel, la rutina es un entrenamiento para el cerebro. Estudios en envejecimiento demuestran que quienes sostienen actividades regulares presentan menor incidencia de deterioro cognitivo y depresión.

“La rutina no adormece el cerebro, lo entrena”, señala Treviño. La previsibilidad reduce ansiedad, fortalece la memoria de trabajo y mejora la planificación. La improvisación constante, en cambio, desgasta las funciones ejecutivas.

Irene Treviño explica que la atención plena no sustituye al propósito, sino que lo sostiene. “Mientras el propósito da dirección, la atención plena aporta presencia”. Practicarla reduce el ruido mental y fortalece las redes de regulación emocional.

Además, recientemente se demostró que la meditación incrementa la conectividad entre la corteza prefrontal y las áreas emocionales, mejorando claridad mental y control. De igual forma, el propósito y la atención plena funcionan como dos pilares que mantienen activo al cerebro después de los 50:

“No es necesario que el propósito sea grandioso, lo importante es tener dirección. Algo tan simple como cuidar una planta, estudiar un idioma, tomar una clase o colaborar en la comunidad puede reactivar los circuitos de motivación y memoria”, añade la neuróloga.

En este sentido, vivir con propósito es un antídoto contra la apatía y la desorientación, pues el cerebro necesita rumbo tanto como el cuerpo necesita movimiento. En una etapa de la vida donde la experiencia es abundante, recuperar esa dirección es una de las formas más poderosas de cuidar la salud mental y emocional.

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