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Vivir solo

Vivir solos no es tan natural como pensamos, ni como quisiéramos

A lo largo de la historia, los ermitaños nos han fascinado por su capacidad para vivir aislados. Hoy, la tecnología nos permite vivir como ermitaños modernos sin sacrificio alguno, evitando las fricciones de la convivencia pero perdiendo la riqueza del contacto humano.

Luis Esquivel de Sextante
Luis Esquivel
Autor verificado

Los ermitaños siempre nos han llamado la atención a lo largo de la historia. Esta fascinación se encarna en personas reales como San Francisco de Asís, Siddartha Gautama o Lao Tsé, pero también tiene su espacio en la ficción con personajes que van desde el Zarathustra de Nietszche, a Obi Wan Kenobi. Tendemos a ver a estas personas, reales o no, como excepcionales, llenos de sabiduría, alejados deliberadamente de los demás y capaces de vivir durante largos periodos en completa soledad, y con una tolerancia muy alta para el sacrificio. Incluso podemos decir que hay algo extraño en la idea de una persona que decide apartarse de la sociedad, tanto que tenemos una palabra específica para describirla.

En la literatura, la religión y la historia, el ermitaño casi siempre aparece como una figura fuera de lo común. Y quizá esa rareza tenga una explicación sencilla. Los seres humanos somos animales gregarios por naturaleza, y nuestra supervivencia depende en gran medida de otras personas, desde conseguir alimento, protección, cuidado, hasta formar vínculos emocionales con los demás. Nuestra habilidad para cooperar con otras personas ha sido una de nuestras principales ventajas evolutivas.

Más aún, durante miles de años, vivir en comunidad no requería demasiado esfuerzo consciente. La vida cotidiana nos ponía en contacto con otras personas. Había que salir a buscar alimentos, trabajar con otros, visitar a familiares, acudir al mercado, participar en actividades de la comunidad o simplemente pasar tiempo en los espacios donde ocurría la vida. Estar rodeados de otras personas, en los que el sociólogo estadounidense Ray Oldenburg llama terceros espacios (espacios donde ocurría la convivencia más allá de la casa o el trabajo), era parte de la rutina.

Hoy las cosas son distintas. Como ya vimos en la columna anterior, hemos construido esquemas de vida diaria en los que muchas de esas interacciones dejaron de ser necesarias. Podemos trabajar sin salir de casa, pedir comida sin hablar con quien la prepara, comprar prácticamente cualquier cosa desde el teléfono y entretenernos durante horas sin compartir ese tiempo con nadie. Incluso cuando estamos rodeados de personas, buena parte de nuestras actividades cotidianas pueden hacerse de manera individual.

Estos nuevos esquemas, apoyados por los avances tecnológicos y situaciones completamente ajenas a nuestro poder como la pandemia, tienen consecuencias físicas y emocionales. Sin embargo lo paradójico es que la nueva forma de vida puede sentirse completamente normal, e incluso preferible a la alternativa que es socializar. Por un lado, poder hacer cada vez más cosas solos tiene un grado de comodidad. ¿Para qué voy a ir al super mercado cuando una app me puede traer todo lo que necesito? Y más importante, la vida en comunidad implica fricción, implica incomodidad, conflicto. Una vida perfectamente funcional en aislamiento, ya sin el sacrificio que los antiguos ermitaños tuvieron que soportar, lleva a una reducción de esas fricciones sociales, conflicto su contraparte que es menos relaciones, y oportunidades reducidas para sentir que formamos parte de algo.

¿Qué hacemos entonces?

Sería ingenuo pensar que podemos regresar a la forma de vida de nuestros antepasados. Tampoco tendríamos por qué hacerlo. La tecnología nos ha dado posibilidades extraordinarias y muchas de las comodidades actuales han mejorado nuestra calidad de vida. Pero quizá tengamos que empezar a tomar una decisión que antes no era necesaria y que puede en determinados momentos ser incómoda, hacer espacio deliberadamente para los demás. Esto quizás implique recuperar una amistad que dejamos de frecuentar, buscar una actividad que nos interese y donde podamos conocer gente, visitar con mayor frecuencia a nuestra familia o acercarnos a quienes viven cerca de nosotros. También puede significar ofrecer nuestro tiempo y nuestra experiencia para ayudar a alguien más. Lo importante es entender que las relaciones no aparecen por sí solas. Necesitan tiempo, encuentros y cierta disposición para compartir nuestra vida con otras personas.

Quizá por eso el ermitaño nos sigue pareciendo una figura tan peculiar. No porque sea imposible vivir solo, sino porque durante la mayor parte de nuestra historia esa nunca fue la forma habitual de vivir. Somos una especie que construyó su supervivencia alrededor de los demás. En un mundo que nos permite resolver cada vez más cosas por nuestra cuenta, quizá una de las decisiones más importantes que podemos tomar sea recordar que seguimos necesitando a los demás.

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