
Tú no eres aficionado nuevo, tú eres veterano de campo
Casi 15 copas del mundo en los ojos, en el cuerpo y en la memoria. La generación Silver no solo ve el fútbol, lo vive desde antes de que existieran los hashtags.
Había una televisión en casa de tu tía, otra en la sala de tus papás y una más en la tienda de la esquina. Todas encendidas, todas transmitiendo el mismo partido. Y tú, en algún lugar de México, con los ojos bien abiertos, aprendiendo sin saberlo que durante un Mundial el tiempo se medía distinto.
Las calles se vaciaban, los trabajos hacían pausas, los vecinos se reunían alrededor de una pantalla que hoy parecería diminuta. Y por noventa minutos, o más, el mundo entero parecía girar alrededor de un balón.
Quizá entonces no lo sabías, pero estabas construyendo una memoria que te acompañaría toda la vida.
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Una generación que creció junto al Mundial
El Mundial de 1970 encontró a muchos mexicanos siendo apenas niños y niñas. México era sede por primera vez y el Estadio Azteca se convertía en el escenario donde Pelé parecía un personaje imposible, una especie de héroe salido de otro planeta.
Dieciséis años después llegó México 86, para entonces la historia era distinta, muchos ya trabajaban, tenían pareja, hijos pequeños o estaban construyendo su futuro. Y mientras el país recibía nuevamente a las mejores selecciones del mundo, millones de personas vieron en tiempo real el Gol del Siglo de Diego Armando Maradona. No en un video corto, no en una repetición infinita, ahí, en vivo, frente a sus ojos.
Hay un dato que pocas veces se menciona: si hoy tienes entre 55 y 75 años, has vivido entre 13 y 15 Mundiales. Piénsalo un momento, hemos visto pasar generaciones enteras de futbolistas, entrenadores, selecciones, héroes y villanos. Hemos celebrado victorias, sufrido eliminaciones y discutido alineaciones durante décadas.
Eso es una vida completa medida en Mundiales, los recuerdos que ningún archivo puede guardar. Cuando pensamos en un evento de este tamaño solemos recordar goles, resultados o jugadores, pero los recuerdos más importantes casi nunca aparecen en las estadísticas.
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Están en los rituales, en quien acomodaba los muebles para que todos vieran mejor la televisión, en quien corría a la tienda por los refrescos minutos antes del silbatazo inicial, en quien preparaba la botana mientras fingía que no le importaba el partido, en quien exigía silencio absoluto durante los penales.
Hombres y mujeres de la generación Silver compartimos las mismas emociones. Vivimos la magia de 1970, la euforia de 1986, las eliminaciones dolorosas y la eterna esperanza de que ahora sí llegaría ese partido que cambiaría la historia.
Y aunque durante muchos años se habló del futbol como un territorio masculino, la realidad es que las mujeres siempre estuvieron ahí. En las gradas, frente al televisor, en las conversaciones posteriores al partido y formando nuevas generaciones de aficionados. Hoy vale la pena reconocer que esta historia también les pertenece.
Cuando cada gol era irrepetible, antes no existían las transmisiones en el teléfono, tampoco las alertas instantáneas, las redes sociales o los resúmenes disponibles al segundo siguiente.
Si viste el gol, lo viste, y si no, había que esperar al noticiero de la noche o escuchar cómo alguien más lo contaba. Esa escasez hacía que cada momento pesara más. Los goles se quedaban grabados en la memoria porque no existía la posibilidad de reproducirlos una y otra vez.
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Tal vez por eso quienes crecieron viendo aquellos Mundiales recuerdan con tanta claridad dónde estaban cuando cayó cierto gol o quién estaba sentado junto a ellos en el sillón. No recuerdan únicamente la jugada, recuerdan la vida que estaba ocurriendo alrededor, lo que no ha cambiado
Hoy todo luce diferente, las pantallas son más grandes, las transmisiones llegan a cualquier dispositivo. Existe el VAR, las estadísticas aparecen en tiempo real y millones de personas comentan cada jugada en redes sociales.
Pero hay algo que sigue exactamente igual, la emoción de un gol en el minuto 90. Ese salto involuntario del sillón, ese abrazo espontáneo, ese grito que sale antes de que puedas detenerlo. La tecnología cambió, el futbol evolucionó, los jugadores son otros, pero la emoción sigue siendo la misma.
Y quizá ahí radica el verdadero privilegio de la generación Silver. Mientras muchos aficionados apenas comienzan a construir recuerdos mundialistas, nosotros acumulamos décadas de experiencia emocional.
Este Mundial, mientras millones de personas estrenan su afición, nosotros celebramos casi medio siglo de fidelidad.
Entrevista a Francisco Javier González
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